jueves, 2 de febrero de 2017

Cuento de Navidad



Contó con los dedos, como solía, las letras: n-a-v-i-d-a-d. Siete. Como soldado. O vientre. O temblor. Siempre que la mente quería echarse a volar y antes de que la asaltaran, a fuerza de hambre y cansancio, los buitres asesinos de las preocupaciones por la supervivencia, para no pensar, se ponía a contar. Pasos. Personas con las que se había cruzado. Días, aunque era difícil no perder la cuenta. Cadáveres tirados en las calles. Casas todavía en pie. Y cuando debía andar una gran distancia por parajes desolados, letras, los sonidos que componían una palabra. Empezando por el pulgar, iba apoyando sobre el pantalón los dedos de la mano izquierda, uno por cada letra y así sabía, casi enseguida, si superaba su unidad de medida y en cuánto. Los vocablos con las mismas cantidades de letras construían entre ellos geografías particulares que obedecían a lógicas del todo ajenas a la semántica o la asociación de ideas. Persona, también, paisaje, viernes, pudimos, astutos, árboles, sabemos. Navidad. Quién sabe de dónde había surgido hoy esa palabra. La había oído alguna vez. O quizá la había leído. Sí, ahora se acordaba: en un calendario que colgaba de una pared.
Andaba por una ciudad en ruinas buscando qué comer y dónde dormir cuando vio esos dos muros perpendiculares sujetando lo que quedaba de un techo y se dijo que ahí podría pasar la noche. Se acomodó como pudo en ese rincón, arropado en su vieja manta, sucia pero fiel, y durmió como un rey. O como un oso en invierno. Soñó con una enorme habitación iluminada donde gente que nunca había visto comía, reía y cantaba alrededor de un árbol. Fue solo a la mañana siguiente que descubrió, sobre el empapelado hecho jirones por el derrumbe y las sucesivas manos que lo habían ido arrancando para hacer fuego, el calendario. Una única hoja rectangular indicaba ‘diciembre’ y debajo del nombre de nueve letras, los números del 1 al 31 se ordenaban en siete columnas. Un asterisco junto al 25 remitía, abajo, a Navidad, con mayúscula.
Nunca antes nadie había pronunciado esa palabra en su presencia. La leyó en voz alta. Le gustó ese nombre que reunía una nave, que imaginó azul, esfumándose hacia el horizonte, y una forma del verbo dar. ¿Qué querría decir? Estuvo a punto de arrancar la hoja, plegarla y metérsela en el bolsillo como un trofeo. Se dijo, sin embargo, que sería mejor repetirla varias veces hasta grabar la sucesión de sonidos en su mente y dejarla donde estaba para que cualquier otro pasajero que se alojara en aquel portal se regocijara con el descubrimiento.
Había transcurrido al menos un año desde aquella noche. Mientras iba cruzando el páramo y adivinaba, a lo lejos, el perfil de otra ciudad extinguida, la reaparición de Navidad le alegraba el camino. Se vio a sí mismo en el futuro, en la labor ingente de reconstruir el mundo. Su tarea, se dijo, sería la recopilación, para las generaciones venideras, de todas las palabras que recordara o le hubieran transmitido. Para que no se olvidaran y pudiera dárseles buen uso, habría que definirlas. De Navidad diría: acontecimiento que en épocas lejanas sucedía un día 25 (de diciembre y quizás de otros meses también, aunque no está comprobado) y está ligado a fuerzas extraordinarias. Se dice que, cuando por esas fechas te acuestas a dormir en un portal, sueñas con un mundo desconocido de luz, como si una nave te llevara a un horizonte de dicha.


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