martes, 28 de julio de 2015

Los Bellos Durmientes


  Estaba embarazada y toda la familia estaba pendiente del momento en que al fin daría a luz, pero el niño no quería nacer. Enclaustrado en el vientre, desde donde le llegaba en sordina el mundanal ruido, no sentía la más mínima curiosidad por ir a ver qué eran esas voces y sonidos. Que lo dejaran seguir durmiendo era todo lo que pedía.

  La madre tampoco deseaba otra cosa. Había vivido las últimas semanas en un sopor constante y odiaba que a cada rato vinieran a despertarla:

-          Ven a la mesa, que no has comido nada.- la llamaba su madre, la abuela del niño por nacer.
-          Vamos, que están todos esperándote…- decía el marido.

  Pero ella solo quería escuchar la voz del hijo, que le hablaba en sueños: “Sigamos durmiendo, mamá, que estamos cansados. Sigamos soñando, que este lugar es mucho mejor que ahí afuera.”

  Y así habrían seguido las cosas, quién sabe con qué consecuencias funestas, si no hubieran mandado llamar al médico. Demoró en llegar, pues venía del pueblo vecino, a varios kilómetros por caminos de tierra poco transitados.

  El médico era joven y nunca en su corta trayectoria había visto un caso así, pero tampoco había conocido jamás mujer que lo conmoviera tanto.

  Puso toda su energía en salvarla. A falta de otra estrategia, decidió mantenerla despierta. La forzaron a salir de la cama, la instalaron en un sillón al lado de la ventana y pasaron juntos las horas, uno frente al otro, mientras afuera caía la tarde, aparecía enseguida la primera estrella, salía luego la luna, que subía por el cielo y volvía a bajar y, por fin, el horizonte empezó a clarear.

  La mujer embarazada luchaba entre fuerzas opuestas. En el vientre, el niño la llamaba: “Ven conmigo, mamá, no oigas lo que dice. Recorramos juntos nuestros sueños.” Y en la silla frente a ella, el hombre, transido de admiración e inspirado por su belleza,  no dejaba de contarle historias, unas más maravillosas que las otras, en cuyos recovecos quería perderse.

  Los encontró la mañana en la misma postura que el día anterior, él dormido, ella despierta. La mujer puso las manos sobre el vientre y le habló al niño: “Vamos, ya no remolonees, es hora de nacer.”

  El niño bostezó y se estiró dentro del útero provocando gran conmoción en los órganos aledaños. “Creo que ya viene,” dijo la mujer sonriente, dándole una palmadita al médico para que se despertara. Pujó, gritó como loca y, al rato nomás, estaba ahí el niño berreando, descontento de que lo hubieran sacado de su siesta, reclamando el pecho.

  La historia no termina, como habrán supuesto algunos, con que la mujer se va con el doctor, subyugada como estaba por sus talentos de Scheherezade masculino. En absoluto. Siguió viviendo feliz con su marido, con quien tuvo otros tres niños dormilones a los que les hicieron falta otras tantas noches en vela con el médico para nacer. Eso sí, los cuatro fueron, hasta una edad bastante avanzada, fervientes adeptos de los cuentos antes de irse a dormir.

  En cuanto al médico, se hizo famoso en la comarca por sus métodos y, nadie supo bien por qué, nunca se casó.


domingo, 26 de julio de 2015

Palabras al aire*



Dejar que las palabras
se posen en los muros,
se apoyen
como manos
se froten, se restrieguen y se rasquen
contra la colérica aspereza de los grafitis,
se rían
de física locura y de cosquillas,
del placer de las garras en la espalda
y se caigan
junto a los durmientes, hagan huecos
entre las vías, caven túneles
desesperadas, veloces, locas
reaparezcan repentinas y se lancen
al aire,
se cuelguen de las ramas,
se descuelguen
en hileras, en hojas, en racimos,
se arrastren en cortezas,
entre pastos se aneguen,
en charcos se zambullan,
se embarren,
se remeden,
se apiñen,
se enreden,
se enzarcen,
se galopen
libertinas, se encanallen,
se olviden de lo propio y de lo ajeno,
se desbanden,
se desborden,
se destemplen,
se atesoren,
se aligeren,
se liberen,
se vuelen
como pájaros soñados,
como manos de diosas en la tarde,
como rumor de trenes
en el aire,
como destello azulado
en mi garganta.

El ritmo
es el tren.


*Poema encontrado adentro de un libro, escrito el 30/03/2001

viernes, 17 de julio de 2015

Escena originaria


“En una familia, los niños y los perros saben todo, siempre,
y sobre todo aquello que no se dice.” (Françoise Dolto)


Tirada en el pasto, las briznas más o menos duras o suaves tocándome brazos y muslos, lo siento llegar. Sin pedir permiso, me quita la parte de abajo del bikini y lo dejo hacer. Alzo las piernas para que sus manos tiren de la tela húmeda que se desliza o se frena según donde pase hasta salir enganchándose por última vez en los dedos del pie, y el aire apenas movible de la siesta me roza las nalgas.

Él se ha bajado su short y percibo su miembro bien recto dispuesto a acometer. Cierro los ojos para no ver el momento en que, sin compasión, me penetra. Me duele. Pero apretando los párpados recuerdo cuánto lo quiero y me digo que esto ha de ser así, que es así, y tengo que adaptarme.

Un rato después estamos tendidos los dos en el pasto, uno al lado del otro, abrazados. Él ha eyaculado dentro de mí y me pregunto si no quedaré embarazada. Pero él me ama y yo a él. Qué importa el resto.


jueves, 16 de julio de 2015

Muerte natural


Anoche maté a un niño. Un niño pequeño, de unos tres o cuatro años, a quien yo quería mucho. Me gustaba sentir su cuerpo delgado cuando lo abrazaba. Él tenía confianza en mí. Le daba la mano y allá íbamos. Donde fuera. A nadie quería yo más que a ese niño. Era mi compañero.

Nada fue planeado o decidido. Simplemente un día yo le di de tomar un líquido que, sabía, lo mataría. Y él, con esa confianza que me tenía, vació el vaso de un trago. El sonido de la boca contra el vidrio cuando sigue chupando y ya no hay nada, se ha quedado grabado en mi memoria.

Me quedé tan tranquila mirándolo. Él siguió jugando como siempre con los autitos por los respaldos de las sillas, dando vueltas por la cocina mientras yo preparaba la cena. Hasta que en cierto momento su cuerpecito se desmoronó en cámara lenta y cayó al suelo.

Corrí a abrazarlo como si no supiera qué le estaba pasando. Lo sujeté en mis brazos con la esperanza de recuperar el calor tierno de sus formas menudas. Pero ya era tarde.

Después vinieron los rituales y el entierro. Mucha gente se acercó a consolarme. Algunos me han preguntado cómo haré para seguir viviendo. Nada he dicho –he perdido el habla desde entonces- pero mientras los veo circular entre estas paredes de ladrillos desnudos que albergaron hasta ayer a mi niño, tengo la certeza de que él está vivo. Siento que en mi corazón ha crecido una casa para él, donde ha de vivir hasta siempre. Y es esto lo que me consuela.


Esta mañana había en las escaleras mecánicas un niño que tenía miedo de bajar solo. Le di la mano y, al sentir sus frágiles falanges entre las mías, supe que era él. Bajamos juntos hasta donde lo esperaba su padre y se despidió de mí con una sonrisa que me ha iluminado el día.


miércoles, 15 de julio de 2015

La escasez de rinocerontes


“¿Dónde estará ahora mi sobrino, Yogurtu Mgué,
 que tuvo que huir precipitadamente de la aldea
 por culpa de la escasez de rinocerontes?”

(Les Luthiers)


La culpa de todo la tuvieron las vaquitas de San Antonio, que ese año se olvidaron de venir. En Europa, donde nadie las llama así, sino mariquitas, o coccinelles o ladybug, según donde te toque vivir, las vaquitas suelen llegar a fines de abril, principios de mayo, a más tardar a fines de mayo si ha hecho frío. Pero pasó mayo, pasó junio y llegó julio, que trajo de la noche a la mañana una ola de calor que para qué te cuento…, y nada. Ni una sola vaquita en el balcón o en el jardín del vecino. Ni siquiera en los parques públicos. Ni que se las hubiera tragado la tierra.

Ni una sola vaquita que se comiera los pulgones que rebasaban de gordura y se multiplicaban a ojos vista dejándose ordeñar por las hormigas, en mi planta de pimientos. Y yo, que me había quedado esperándolas sin remedio, me resigné a trasladar la planta a la bañera, para darle de vez en cuando una ducha asesina de pulgones.

Pero en el fondo, muy en el fondo –en un hueco sin nombre de mi alma- seguía esperando a las vaquitas como signo visible y necesario del paso del tiempo y el cambio de estación.

Entonces sucedió aquello: del mismo modo en que, a pesar de los cambios de temperatura, las vaquitas jamás vinieron, mi cuerpo, que hasta entonces había obedecido a reglas claras de nutrición y digestión, manteniéndose en un peso estable al ritmo de los días, de la noche a la mañana, sin avisar, y pese a no comer más de la cuenta, se puso a comer como los pulgones. Y pese a la expectativa lógica de que el menos comer y más moverse traería de nuevo la delgadez, a mi cuerpo se le antojó seguir engordando como loco. Aunque comía lo mismo de siempre, aumenté primero uno, después dos, después tres kilos y cada día un poco más hasta que al final perdí la cuenta.
Por fin, para el mes de octubre, cuando ya era evidente que las vaquitas no vendrían más, pesaba cien kilos y no podía moverme del sillón que había instalado delante de la bañera para ver cómo los pulgones se comían la planta.


sábado, 13 de junio de 2015

Cultivar el odio



Cultivan el odio como se deja crecer la mala hierba en el fondo del jardín. Por pereza de arrancarla de raíz. Por fascinación ante la belleza de sus flores nacidas como al descuido pero con la constancia vehemente de la vida.

Cultivan el odio como se observa en el microscopio la multiplicación de los diseños romboidales u ovoideos de un espectacular virus azul profundo o rosado capaz de causar la muerte de miles de seres vivos. Con paciencia y admiración ante la síntesis perfecta que logra la naturaleza cuando decide liquidarnos.

Cultivan el odio en algunos gestos cotidianos, o mejor, en reacciones imaginarias ante algunos gestos de sus congéneres que los sacan de quicio.

Cultivan el odio como un inmenso tapiz bordado cuya belleza depende las agujas finas que van hiriendo la tela con asiduidad mortal.

Cultivan el odio como el joyero que con pinzas diminutas engarza diamantes y construye cadenas para orejas y cuellos ajenos.

Cultivan el odio como otros cultivan perlas o tomates o salmones pero, a diferencia de ellos, ponen un empeño y disciplina constantes en la concreción de un producto exquisito, una piedra brillante y fría cuya superficie los separará de todos, un grano concentrado de veneno que, al tragarlo, los matará.


lunes, 8 de junio de 2015

Levitación en el exilio

  
A todos los de la Casa de la Higuera

Véalos cómo levitan
-¿deliran?-
esos intelectuales divinos
queridos.
Rara vez tocan el suelo.
La realidad es ajena.
Se expresa en otro idioma.
La vida es bastante sola.
¿Cómo no entender que elijan
flotar en celestes esferas,
crear con palabras propias
un mundo en subjuntivo
con techo,
según los días,
de estrellas
o nubes belgas
o cielorraso de departamento amigo?
A veces
-solo a veces-
alguno toca el suelo
y con mano de padre baja
desde ahí
a los otros
y les muestra
“Estamos aquí, no allá,
lloremos las ausencias
y riamos esta juntedad loca.
Bebamos a la salud nuestra.”
De risa
se vuelan,
flotan
y recomienzan.


26 de septiembre de 2003