domingo, 23 de agosto de 2015

Olmo

  
  Se llamaba Olmo, como el árbol, pero tenía el pelo rojo, como la tierra con la que horneaban los ladrillos. La madre había insistido en ese nombre con el último suspiro, quizá como una confesión encubierta de que no eran –ni él ni su mellizo- hijos del padre, sino de un hombre de mirada airada y pelo color de fuego que había pasado por el pueblo poco tiempo antes y con quien la habían visto más de una vez –decían las malas lenguas- cerca del lago, bajo los olmos.

  Aunque quién sabe... Su hermano, que nació primero y a quien pusieron Pietro, como el marido de la madre, era moreno, como casi toda la rama paterna.

  Olmo había venido rezagado, se había asomado a la vida muchas horas más tarde, cuando ya no se esperaba que del vientre exhausto fuera expulsada más que la placenta. La madre alcanzó a besar la cabecita húmeda y despeinada, y expiró sonriente, con el niño en brazos.

  Era cosa corriente en aquella época, y más aún en esas aldeas perdidas en la montaña, que las mujeres murieran en el parto y nadie veía mal que un viudo contrajera segundas nupcias a la brevedad. Tanto más cuanto se esperaba que la nueva esposa se ocupara de los huérfanos.

  Cuando los mellizos no tenían siquiera un año y el duelo había acallado –al menos en la superficie- las maledicencias en torno a su paternidad, Pietro se casó con una joven enérgica, oriunda del mismo pueblo en que vivían, que adoptó y cuidó a los niños como si fueran propios.

  En los años que siguieron, Pietro y Ana, que así se llamaba la joven, tuvieron una docena más de hijos, uno de los cuales llegó a ser un gobernante muy apreciado en un país que queda del otro lado del mar. En qué medida la niñez del estadista fue marcada por lo que aquí se cuenta, es una pregunta que permanece en suspenso, abierta ante los ojos del lector, sin que nadie haya podido nunca indagar en los sentimientos de aquel hombre con respecto a este episodio.

  Pero sigamos con la historia.

  De los mellizos, la madrastra prefería a Pietro que, como ella, tenía los pies en la tierra y hacía lo que le mandaban. Olmo era todo lo contrario. Apenas se daba vuelta, se le escapaba. Se trepaba a los árboles o al techo. Se escondía bajo las camas o en los armarios. A veces incluso se iba hasta el lago o escalaba la montaña. No había semana en que no tuvieran que pasarse, al menos una tarde, buscándolo y, cada vez que hartos o resignados finalmente se rendían, veían emerger del agua o entre los arbustos o de los cachivaches que guardaban en la pieza del fondo, la revuelta cabeza roja de Olmo, seguida de cerca por el cuerpo ágil y delgado.

  Si a los hermanos pequeños les hacían gracia estas búsquedas, no se la hacían ni al padre ni a Ana, que terminaba por enfadarse y castigarlo. “Hoy te quedas sin comer,” lo amenazaba y el niño la miraba con esos grandes ojos soñadores que había heredado de su madre y no se inmutaba. “Está bien,” aceptaba. E iba a sentarse sobre una piedra junto al lago y se quedaba un rato con la mirada posada en una región imprecisa del aire, con tal concentración que parecía que estuviera grabando en su memoria todo lo que veía.

  A Ana la desarmaba. Las mismas razones por las que habría querido matarlo eran las que de él la fascinaban. Y no solo a ella. Olmo era de una belleza salvaje. Por un lado, parecía estar siempre lejos, en algún sitio remoto. Por el otro, era el centro de todo lo que pasaba. Emanaba de su figura un aura de la que él era apenas consciente y que ejercía una especie de sortilegio sobre los que lo rodeaban.

  Cuando, de su piedra en el lago, regresaba a la casa, prometía que ya nunca volvería a escaparse. Lo decía con honestidad, con el firme propósito de enmendarse. Pero era más fuerte que él. Ni bien habían transcurrido uno o dos días, lo olvidaba y ahí estaba, de nuevo, toda la familia buscándolo y él, espiándolos, desde su escondite impensable, riéndose por lo bajo de su travesura, disfrutando de ver transcurrir la vida sin él por un rato. Como si esa libertad de aparecer y desaparecer a su antojo fuera lo más valioso que tenía, una libertad más grande que todo el aire que cabía en su pecho.

  El día en que los mellizos cumplieron diez años, la familia dio una fiesta para celebrarlo e hicieron venir al único fotógrafo de los alrededores para que inmortalizara la ocasión. El hombre les pidió que posaran bajo el olmo del patio: los agasajados de pie en el centro, enmarcados por los padres y rodeados por los hermanos menores.

  El gobernante conservaba esa foto. Recuerdo haberla visto en su casa una vez, cuando él ya había muerto. Olmo, bastante más alto que Pietro, le ha pasado un brazo sobre los hombros y sonríe a la cámara. Pietro, el cabello corto aplastado con agua, parece incómodo en su ropa de fiesta. Olmo, en cambio, se ha quitado la chaqueta, los tablones de la camisa se han salido de debajo del pantalón y tiene el pelo parado, como si hubiera estado nadando en el lago y se le hubiera secado con el aire sin pasarse un peine. La niña que yo era se quedó fascinada mirándolo. El fotógrafo había sabido captar en la postura y el brillo en los ojos un carisma que persistía a pesar de los casi ochenta años transcurridos. Alguien me había dicho que el bebé que Ana tenía en brazos en la foto, era el gobernante. Pero se equivocaba, ya que no había nacido por aquel entonces. De cualquier modo, yo casi ni le presté atención. No podía dejar de mirar a Olmo. Aunque nadie me hubiera contado todavía su historia.

  Al parecer, sucedió unos días después de esa foto. Es curioso porque, ahora que se superponen en mi memoria la imagen y el relato, tengo la impresión de haber visto signos anticipatorios en un rayo oblicuo que pasaba a través de unas hojas del árbol y le daba en la melena desordenada y la frente. Pero ya se sabe que quien se entera de algo, no puede, aunque quiera, volver al estado previo de ignorancia y lo aprendido tiñe, de manera indeleble, las viejas historias, reinterpretándolas.

  El hecho es que una siesta de agosto en que el pueblo estaba adormecido por el calor, y pese a las reiteradas promesas hechas al padre y la madrastra, Olmo volvió a escaparse. Se deslizó como una lagartija, o como un zorro, por la puerta del dormitorio y se fue.

  Cuando los adultos y los niños se levantaron de la siesta y vieron que, una vez más, Olmo no estaba, los hermanos menores se dispusieron a buscarlo con ánimo festivo, pero a Ana le dio tanta rabia que no quiso hacer el más mínimo esfuerzo. El resto de su vida habría de culpabilizarse por eso. Como si el hecho de que no hubiera salido en su busca, justamente ella, principal blanco de las provocaciones de Olmo, hubiera sido determinante para lo que pasó después.

  O lo que no pasó, más bien. Cuando, cansados o resignados, padre y hermanos finalmente se rindieron aquella tarde, no vieron, por mucho que esperaron, la cabeza roja surgir entre las ramas o detrás de un muro o una puerta.

  Lo primero que pensaron fue que esta vez Olmo había cambiado las reglas del juego y no aparecería hasta que no lo encontraran realmente, de modo que redoblaron astucia y brío. Pero se puso el sol detrás de un cerro y Olmo aún no había vuelto. En silencio, comieron un bocado en torno a la mesa. Los pequeños, exhaustos, cabeceaban en las sillas, así que los llevaron a la cama, pero ni el padre ni Ana se acostaron. Con antorchas anduvieron por los alrededores y más lejos, por los bosques y en las orillas del lago, llamándolo. La mañana los encontró sin fuerzas pero sin la más mínima intención de renunciar. Lo buscaron, sin escatimar esfuerzos, familiares y vecinos, durante días y semanas, mañana, tarde y noche. Alguien dijo que se lo habían llevado los gitanos y ésa fue la versión que retuvieron los descendientes, la misma que yo oí de niña en casa del gobernante. Pero también es verdad que en ninguna parte se menciona el paso de zíngaros por esa región en aquellos años.

  Ana nunca se perdonó su desaparición y años después lo seguía esperando. La espera se había convertido en el centro en torno al cual todo lo demás transcurría. No podía resignarse a que se hubiera esfumado, a que no hubiera explicación para la pérdida. En cada muchachito que se cruzaba en su camino, creía reconocerlo. Escrutaba en cada rostro rasgos o gestos que, sin que ella se diera cuenta, el tiempo había ido borrando de su memoria.  

  Unos cinco o seis años después de lo sucedido, las circunstancias obligaron a emigrar a la familia. Es probable que el gobernante, que era el menor de los hermanos, haya sido concebido en la larga travesía que los llevó, primero, de las montañas al mar y luego, en barco, al lejano país en que nació. El mismo en que nací yo también.

  El nuevo paisaje, más árido, con vegetación rala y sin olmos, quizás haya contribuido al olvido y a que dejaran de hablar del niño desaparecido. Pero el gobernante recordaba que su madre había insistido, pese a las protestas del padre, en plantar un olmo en medio del patio y lo cuidaba como si fuera la niña de sus ojos. Con el correr del tiempo, él estudiaría a su sombra sin sospechar siquiera que desde sus ramas lo espiaba el de la mirada brillante.

  Dicen que, guiado por un sueño, el gobernante volvió una vez a aquel pueblo en las montañas. Volvió (y no “fue”) ya que, a pesar de que nunca antes hubiera ido, conocía aquel lugar como la palma de su mano. Preguntando, logró que finalmente alguien le contara lo que él consideró la conclusión de la historia.

  Parece ser que un día había aparecido por el pueblo un hombre de pelo color de fuego, muy parecido a aquel otro, decían los más viejos, que habría enamorado hacía años a la madre de los mellizos. Pero, a diferencia del primero, éste tenía la mirada soñadora y una expresión de dulzura en la cara fuera de lo común. Alguien lo había seguido y así había descubierto que vivía en los árboles, de los que solo bajaba en contadas ocasiones, y que tal vez había tenido con una damisela un hijo que moraba ahora en el pueblo pero que algún día se iría a buscar a su padre en los olmos. 


martes, 28 de julio de 2015

Los Bellos Durmientes


  Estaba embarazada y toda la familia estaba pendiente del momento en que al fin daría a luz, pero el niño no quería nacer. Enclaustrado en el vientre, desde donde le llegaba en sordina el mundanal ruido, no sentía la más mínima curiosidad por ir a ver qué eran esas voces y sonidos. Que lo dejaran seguir durmiendo era todo lo que pedía.

  La madre tampoco deseaba otra cosa. Había vivido las últimas semanas en un sopor constante y odiaba que a cada rato vinieran a despertarla:

-          Ven a la mesa, que no has comido nada.- la llamaba su madre, la abuela del niño por nacer.
-          Vamos, que están todos esperándote…- decía el marido.

  Pero ella solo quería escuchar la voz del hijo, que le hablaba en sueños: “Sigamos durmiendo, mamá, que estamos cansados. Sigamos soñando, que este lugar es mucho mejor que ahí afuera.”

  Y así habrían seguido las cosas, quién sabe con qué consecuencias funestas, si no hubieran mandado llamar al médico. Demoró en llegar, pues venía del pueblo vecino, a varios kilómetros por caminos de tierra poco transitados.

  El médico era joven y nunca en su corta trayectoria había visto un caso así, pero tampoco había conocido jamás mujer que lo conmoviera tanto.

  Puso toda su energía en salvarla. A falta de otra estrategia, decidió mantenerla despierta. La forzaron a salir de la cama, la instalaron en un sillón al lado de la ventana y pasaron juntos las horas, uno frente al otro, mientras afuera caía la tarde, aparecía enseguida la primera estrella, salía luego la luna, que subía por el cielo y volvía a bajar y, por fin, el horizonte empezó a clarear.

  La mujer embarazada luchaba entre fuerzas opuestas. En el vientre, el niño la llamaba: “Ven conmigo, mamá, no oigas lo que dice. Recorramos juntos nuestros sueños.” Y en la silla frente a ella, el hombre, transido de admiración e inspirado por su belleza,  no dejaba de contarle historias, unas más maravillosas que las otras, en cuyos recovecos quería perderse.

  Los encontró la mañana en la misma postura que el día anterior, él dormido, ella despierta. La mujer puso las manos sobre el vientre y le habló al niño: “Vamos, ya no remolonees, es hora de nacer.”

  El niño bostezó y se estiró dentro del útero provocando gran conmoción en los órganos aledaños. “Creo que ya viene,” dijo la mujer sonriente, dándole una palmadita al médico para que se despertara. Pujó, gritó como loca y, al rato nomás, estaba ahí el niño berreando, descontento de que lo hubieran sacado de su siesta, reclamando el pecho.

  La historia no termina, como habrán supuesto algunos, con que la mujer se va con el doctor, subyugada como estaba por sus talentos de Scheherezade masculino. En absoluto. Siguió viviendo feliz con su marido, con quien tuvo otros tres niños dormilones a los que les hicieron falta otras tantas noches en vela con el médico para nacer. Eso sí, los cuatro fueron, hasta una edad bastante avanzada, fervientes adeptos de los cuentos antes de irse a dormir.

  En cuanto al médico, se hizo famoso en la comarca por sus métodos y, nadie supo bien por qué, nunca se casó.


domingo, 26 de julio de 2015

Palabras al aire*



Dejar que las palabras
se posen en los muros,
se apoyen
como manos
se froten, se restrieguen y se rasquen
contra la colérica aspereza de los grafitis,
se rían
de física locura y de cosquillas,
del placer de las garras en la espalda
y se caigan
junto a los durmientes, hagan huecos
entre las vías, caven túneles
desesperadas, veloces, locas
reaparezcan repentinas y se lancen
al aire,
se cuelguen de las ramas,
se descuelguen
en hileras, en hojas, en racimos,
se arrastren en cortezas,
entre pastos se aneguen,
en charcos se zambullan,
se embarren,
se remeden,
se apiñen,
se enreden,
se enzarcen,
se galopen
libertinas, se encanallen,
se olviden de lo propio y de lo ajeno,
se desbanden,
se desborden,
se destemplen,
se atesoren,
se aligeren,
se liberen,
se vuelen
como pájaros soñados,
como manos de diosas en la tarde,
como rumor de trenes
en el aire,
como destello azulado
en mi garganta.

El ritmo
es el tren.


*Poema encontrado adentro de un libro, escrito el 30/03/2001

viernes, 17 de julio de 2015

Escena originaria


“En una familia, los niños y los perros saben todo, siempre,
y sobre todo aquello que no se dice.” (Françoise Dolto)


Tirada en el pasto, las briznas más o menos duras o suaves tocándome brazos y muslos, lo siento llegar. Sin pedir permiso, me quita la parte de abajo del bikini y lo dejo hacer. Alzo las piernas para que sus manos tiren de la tela húmeda que se desliza o se frena según donde pase hasta salir enganchándose por última vez en los dedos del pie, y el aire apenas movible de la siesta me roza las nalgas.

Él se ha bajado su short y percibo su miembro bien recto dispuesto a acometer. Cierro los ojos para no ver el momento en que, sin compasión, me penetra. Me duele. Pero apretando los párpados recuerdo cuánto lo quiero y me digo que esto ha de ser así, que es así, y tengo que adaptarme.

Un rato después estamos tendidos los dos en el pasto, uno al lado del otro, abrazados. Él ha eyaculado dentro de mí y me pregunto si no quedaré embarazada. Pero él me ama y yo a él. Qué importa el resto.


jueves, 16 de julio de 2015

Muerte natural


Anoche maté a un niño. Un niño pequeño, de unos tres o cuatro años, a quien yo quería mucho. Me gustaba sentir su cuerpo delgado cuando lo abrazaba. Él tenía confianza en mí. Le daba la mano y allá íbamos. Donde fuera. A nadie quería yo más que a ese niño. Era mi compañero.

Nada fue planeado o decidido. Simplemente un día yo le di de tomar un líquido que, sabía, lo mataría. Y él, con esa confianza que me tenía, vació el vaso de un trago. El sonido de la boca contra el vidrio cuando sigue chupando y ya no hay nada, se ha quedado grabado en mi memoria.

Me quedé tan tranquila mirándolo. Él siguió jugando como siempre con los autitos por los respaldos de las sillas, dando vueltas por la cocina mientras yo preparaba la cena. Hasta que en cierto momento su cuerpecito se desmoronó en cámara lenta y cayó al suelo.

Corrí a abrazarlo como si no supiera qué le estaba pasando. Lo sujeté en mis brazos con la esperanza de recuperar el calor tierno de sus formas menudas. Pero ya era tarde.

Después vinieron los rituales y el entierro. Mucha gente se acercó a consolarme. Algunos me han preguntado cómo haré para seguir viviendo. Nada he dicho –he perdido el habla desde entonces- pero mientras los veo circular entre estas paredes de ladrillos desnudos que albergaron hasta ayer a mi niño, tengo la certeza de que él está vivo. Siento que en mi corazón ha crecido una casa para él, donde ha de vivir hasta siempre. Y es esto lo que me consuela.


Esta mañana había en las escaleras mecánicas un niño que tenía miedo de bajar solo. Le di la mano y, al sentir sus frágiles falanges entre las mías, supe que era él. Bajamos juntos hasta donde lo esperaba su padre y se despidió de mí con una sonrisa que me ha iluminado el día.


miércoles, 15 de julio de 2015

La escasez de rinocerontes


“¿Dónde estará ahora mi sobrino, Yogurtu Mgué,
 que tuvo que huir precipitadamente de la aldea
 por culpa de la escasez de rinocerontes?”

(Les Luthiers)


La culpa de todo la tuvieron las vaquitas de San Antonio, que ese año se olvidaron de venir. En Europa, donde nadie las llama así, sino mariquitas, o coccinelles o ladybug, según donde te toque vivir, las vaquitas suelen llegar a fines de abril, principios de mayo, a más tardar a fines de mayo si ha hecho frío. Pero pasó mayo, pasó junio y llegó julio, que trajo de la noche a la mañana una ola de calor que para qué te cuento…, y nada. Ni una sola vaquita en el balcón o en el jardín del vecino. Ni siquiera en los parques públicos. Ni que se las hubiera tragado la tierra.

Ni una sola vaquita que se comiera los pulgones que rebasaban de gordura y se multiplicaban a ojos vista dejándose ordeñar por las hormigas, en mi planta de pimientos. Y yo, que me había quedado esperándolas sin remedio, me resigné a trasladar la planta a la bañera, para darle de vez en cuando una ducha asesina de pulgones.

Pero en el fondo, muy en el fondo –en un hueco sin nombre de mi alma- seguía esperando a las vaquitas como signo visible y necesario del paso del tiempo y el cambio de estación.

Entonces sucedió aquello: del mismo modo en que, a pesar de los cambios de temperatura, las vaquitas jamás vinieron, mi cuerpo, que hasta entonces había obedecido a reglas claras de nutrición y digestión, manteniéndose en un peso estable al ritmo de los días, de la noche a la mañana, sin avisar, y pese a no comer más de la cuenta, se puso a comer como los pulgones. Y pese a la expectativa lógica de que el menos comer y más moverse traería de nuevo la delgadez, a mi cuerpo se le antojó seguir engordando como loco. Aunque comía lo mismo de siempre, aumenté primero uno, después dos, después tres kilos y cada día un poco más hasta que al final perdí la cuenta.
Por fin, para el mes de octubre, cuando ya era evidente que las vaquitas no vendrían más, pesaba cien kilos y no podía moverme del sillón que había instalado delante de la bañera para ver cómo los pulgones se comían la planta.


sábado, 13 de junio de 2015

Cultivar el odio



Cultivan el odio como se deja crecer la mala hierba en el fondo del jardín. Por pereza de arrancarla de raíz. Por fascinación ante la belleza de sus flores nacidas como al descuido pero con la constancia vehemente de la vida.

Cultivan el odio como se observa en el microscopio la multiplicación de los diseños romboidales u ovoideos de un espectacular virus azul profundo o rosado capaz de causar la muerte de miles de seres vivos. Con paciencia y admiración ante la síntesis perfecta que logra la naturaleza cuando decide liquidarnos.

Cultivan el odio en algunos gestos cotidianos, o mejor, en reacciones imaginarias ante algunos gestos de sus congéneres que los sacan de quicio.

Cultivan el odio como un inmenso tapiz bordado cuya belleza depende las agujas finas que van hiriendo la tela con asiduidad mortal.

Cultivan el odio como el joyero que con pinzas diminutas engarza diamantes y construye cadenas para orejas y cuellos ajenos.

Cultivan el odio como otros cultivan perlas o tomates o salmones pero, a diferencia de ellos, ponen un empeño y disciplina constantes en la concreción de un producto exquisito, una piedra brillante y fría cuya superficie los separará de todos, un grano concentrado de veneno que, al tragarlo, los matará.