sábado, 3 de febrero de 2018

El temor de lo sagrado



Lo expresa tan bien Violeta Parra en ese verso que dice "volver a sentir profundo como un niño frente a Dios". Lo sagrado es esa emoción que nos embarga cuando, ante la belleza, nos sentimos formar parte de un todo que nos incluye y trasciende, e intuimos, en un instante, las leyes que rigen la vida. La palabra inglesa awe condensa en su brevedad a la vez el asombro y el sobrecogimiento ante la presencia de un misterio que no podemos explicar, sino que debemos aceptar como tal.
Hay algo sagrado en los tres oficios que ejerzo: escritora, profesora y terapeuta. Sagrado no porque se relacione con religión alguna ni porque crea que hay superioridad en su ejercicio. Sagrado porque cada uno de ellos, a su manera, representa un valor no cuantificable. El valor de la presencia humana como misterio insustituible. En los tres casos es esa persona, y no otra, la que está ahí y la que cuenta para expresar lo que está expresando. 

Quizás parezca más evidente esta afirmación al hablar de escritura. Muchos estarán de acuerdo en que la palabra poética revela una voz única que resuena en el alma de cada lector individual.
En una clase, sin embargo, a pesar de que algunos pretendan lo contrario, el profesor, ése que está ahí delante y no otro, y mucho menos una computadora, imbuye de su presencia el estilo de comunicación y aprendizaje entre los participantes, quienes también tiñen, con sus respectivas presencias, la construcción colectiva que es la enseñanza. Así como las voces de escritores y lectores tejen tramas, también construyen redes que nos sostienen los intercambios aparentemente anodinos que suceden en una clase.

En la terapia, en cambio, hay un ser que se expresa y otro que escucha, con suma atención, a esa alma que se va contando. Es la presencia delicada, o no, de ese otro, y no de cualquiera, y mucho menos de una pared, que va dando validez, y quizá sentido, a su experiencia única.

En esos tres oficios que ejerzo, un poco como si fuera la Santísima Trinidad -tres personas en una- , aunque creo que mis afirmaciones se podrían extender a una gran cantidad de oficios que no he ejercido y por eso no conozco bien, la presencia humana es irreemplazable. Lo cual quiere decir que es esa única persona, ese poeta y no otro, esa docente y no otra, ese terapeuta y no cualquiera, con quien estoy hilvanando, cosiendo, remendando, tejiendo o destejiendo algo que nos abarca a los dos o a los tres o a cuantos seamos. Y que, por eso, no da lo mismo leer a otra escritora, tener otro profesor o contarle sus cosas a otra terapeuta. 

No me extraña entonces que, asustados como están de todo aquello que no sea mensurable ni controlable, los poderosos actuales arremetan contra artistas, poetas, intelectuales, docentes y terapeutas. Se trata de publicar solo aquello que se venda y dé ganancia a intermediarios que no han escrito una línea. De crear una enorme cantidad de formularios donde dejar constancia de cada tarea y cada nota que hizo cada participante de una clase. De impedir que ejerzan la terapia personas que no estén convencidas de que sus pacientes están enfermos y ellos los van a curar de su locura. Pero, ¿cómo medir -y ponerle una nota o un precio- a una cierta palabra o inflexión de voz que hizo que comprendiéramos algo esencial? 

Y hay algo más. Para los managers -administradores, contables, informáticos- que nos gobiernan, lo sagrado no existe. O, si existe, es algo raro o mágico que nunca les ha sucedido y que, por tanto, no ha de tenerse en cuenta en ninguno de sus cálculos. Tonterías, cuentos infantiles, que se descartan con un simple ademán. Lo serio, lo importante es lo que hacen ellos, que no pierden el tiempo en ese tipo de estupideces. Y como hemos dejado que sean ellos los que nos dominen, las decisiones que toman van siempre en el mismo sentido o, mejor dicho, en el mismo sinsentido. El que supone que la vida humana no es mejor que cualquier máquina, que todos somos sustituibles y que lo de jugar y pasarlo bien, es cosa de niños, no de hombres serios, con mucho trabajo, como ellos.
Yo creo que, en el fondo, nos tienen miedo a los que sabemos descubrir lo sagrado en cada persona. Y, por eso, desconfían de nosotros como de la peste y nos quieren mantener a raya, a fuerza de burocracia y recortes presupuestarios.

Yo les contesto: ¡abajo los retrógrados maquinistas!  ¡la imaginación al poder!


miércoles, 17 de enero de 2018

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 A Florence Cosme


Es una tarde de comienzos de otoño. Larga y nublada tarde, ensombrecida aún más por las altas copas de los plátanos que cierran el acceso al cielo en ese trecho de la avenida. Caminas con pies de plomo, con esa mezcla de incredulidad y temor que da volver a viejos sitios conocidos que uno no ha vuelto a pisar en mucho tiempo. Conoces de memoria el recorrido -solías hacerlo cada día- y no deja de asombrarte que siga igual que antes, como si el tiempo y todo lo vivido no hubieran pasado.
Te preguntas qué te ha traído hasta ahí. No las causas concretas e inmediatas que, aunque tiendas a pasarlas por alto, conoces. No es eso, sino más bien qué has dejado tú ahí para que ahora tengas que volver a buscarlo. 

Está cayendo la tarde cuando, dejando atrás la sombra de los plátanos, cruzas Rondeveld y vas llegando a tu destino. No puedes creerlo. Es como si te hubieras subido a la máquina del tiempo y estuvieras a punto de bajarte veinte años atrás. Resuena una y otra vez en tu memoria la breve conversación que mantuviste hace dos días por teléfono. 

La chica quería que fueras a darle clases a su casa. ¿Por qué no? Nunca te ha dado miedo ir a cualquier rincón de la ciudad mientras haya un medio de llegar. ¿Me puede dar su dirección, por favor? Algo en la forma en que dijo “entre Koekelbeek y Molenberg” te puso sobre aviso. Era la misma forma en que tú lo decías cuando te preguntaban dónde vivías. Pero Molenberg y Koekelbeek han de juntarse en más de un lugar… ¿En qué calle?, preguntas y llega la primera sacudida: Avenue de la Destinée. Un punto de tensión más arriba interrogas ¿qué número? Y casi ni respiras hasta que la respuesta te confirma lo que sospechabas: 253. Lo único que falta, te dices, y ni tienes tiempo de concluir el pensamiento que ya estás preguntando en un hilo de voz que, sin embargo, la otra oye: ¿qué piso? Y ahí sí tu tensión llega a un clímax. Ha dicho “segundo”, “Ha dicho segundo,” te dices y no puedes creer que estés volviendo a tu propio apartamento.

Tu corazón está desbocado cuando recorres los últimos metros que faltan para la entrada. No sabes si podrás resistir el impacto de estar en el mismo espacio en que vivías, ahí, en el mismo salón, con el ventanal que da sobre el parque, sentada entre muebles ajenos sin poder evitar una tormenta de recuerdos para cada rincón donde se pose la vista. 

Ahora tu índice se estira para apretar el botón del portero eléctrico y alguien, arriba, saluda y te deja entrar. ¡El vestíbulo! El mismo espejo y la misma repisa de mármol. Y, sobre todo, huele al mismo jabón para fregar el piso de hace veinte años, lo que multiplica la sensación de estar entrando en una dimensión paralela donde el tiempo se ha detenido. 

Atraviesas la segunda puerta, la pesada puerta vaivén con la que forcejeabas cada vez que venías cargada de las compras o con los niños en brazos, y te encuentras delante del ascensor. Hay que llamarlo. Duda tu dedo, tiembla, porque sabes que en menos de un minuto sabrás si la chica vive o no en tu apartamento. Hay un cincuenta por ciento de probabilidades de que así sea: el tuyo o el de enfrente. Detienes tu respiración y tus pensamientos mientras la estrecha cabina sube hasta el segundo piso. 

Con el mismo retumbar metálico de antaño, el ascensor se para. Una breve sacudida. Empujas y sales al palier tratando de no mirar hacia los lados para retardar lo más posible la confrontación con los hechos. En el corredor a oscuras, se abre una rendija iluminada a tu derecha. ¡Es! Cierras los ojos un instante antes de decidirte a acercarte a la puerta de madera que solías abrir con una llave que aún debe de estar guardada en algún cajón de tu casa actual. Tú misma, veinte años más joven, la abrirás desde adentro y te dejarás pasar sin reconocerte. Tampoco te reconocerán tus hijos niños, que estarán jugando o correteando en el salón… 

Con el mismo retumbar metálico de antaño, el ascensor se para. Una breve sacudida. Empujas y sales al palier tratando de no mirar hacia los lados para retardar lo más posible la confrontación. En el corredor a oscuras, se abre una rendija iluminada a tu izquierda. Cierras los ojos un instante y expiras con alivio. Es el de enfrente. Antes de entrar, diriges una mirada cargada de inquietud a la otra puerta.



sábado, 2 de diciembre de 2017

Madre

 a Matías y Nicolás


    La amenaza me grita desde la madrugada. Dos ángeles de las tinieblas, como rectángulos que se estiraran desde la nada, vienen hacia mí inclementes a robarme el alma. Sé que han venido a llevarse a alguien que quiero, no sé a quién y me aterra la incertidumbre. No tienen cara ni cuerpo ni alas pero vuelan con velocidad alarmante. Se acercan, están sobre la cama en una fracción de segundo, flotan en la oscuridad de la habitación y por un momento los veo reflejarse en el espejo. Brilla su presencia cruel por encima de nuestros cuerpos dormidos. Caerán inexorables en el momento menos pensado. 

    Solo los finos dedos de la aurora apaciguarán el miedo. En puntas de pie, con ligereza de pluma, llega la niña amarilla. A su alrededor sopla un aire primaveral y ella se mueve dentro de él con gracia de cervatillo.

     “Es la mañana. Lirios y rosas mueve la brisa primaveral y en los jardines las mariposas pasan y vuelan, vienen y van.” Una mujer de camisón claro se acerca a la ventana y, mientras recita los versos de siempre, tira de la correa que sube la persiana. La luz entra en el cuarto y en nuestras camas de niños abrimos los ojos. La voz es cantarina, como si cada palabra que saliera de su boca estuviera diciéndonos lo mucho que nos quiere. Madre, ¿estás ahí? 

    Corro la cortina negra y detrás de ella surge un amanecer nublado y gris. Madre, ¿estás ahí?
    No hay sol ni día radiante para calmar la angustia. Los ángeles glaciales se han quedado prendidos a mi médula, me están sorbiendo el alma. Madre, ¿estás ahí? Del otro lado de las ventanas hace mucho que ha dejado de ser infancia y país natal. Las paredes que se recortan contra el cielo plomizo me parecen más extranjeras y lejanas que nunca. Madre, ¿estás ahí?

    Entonces suenan unas remotas campanadas de domingo y sé que se ha ido.