lunes, 14 de abril de 2014

La traición de los objetos

Con una confianza cimentada en experiencias previas, apoyó, como solía, el pie en el paso de la puerta para salir pero, en lugar de afirmarse sobre el escalón levemente inclinado hacia la calle, la suela de un zapato, y luego la otra, resbalaron por la superficie lisa y, al no encontrar las manos nada a lo que sujetarse, cayó hacia atrás. Unos segundos se demoró el silencio tras el golpe seco del culo contra el suelo, un intervalo en que pareció que se levantaría sin más y seguiría andando. Pero justo en el instante en que cabía suponer que el episodio no tendría consecuencias, salió el llanto.

  No era de dolor que lloraba sino de rabia. No era el porrazo lo que le dolía sino el orgullo herido cuando comprendió en un instante que los zapatitos de presilla, compañeros de juegos en la casa o la vereda, y el suelo, que hasta entonces siempre la había sostenido en equilibrio, habían complotado contra ella para hacerla caer. ¿Cómo no lo había visto venir? Los objetos la habían traicionado. Hasta el marco de la puerta se las había ingeniado para no dejarla agarrarse en su caída. Una ira sin nombre se apoderó de su cuerpo y se puso a patear el escalón y la puerta repitiendo “¡malo, malo!”.

  Así la encontró una vecina que venía de la compra. “¿Qué te pasó, nena? ¿Te caíste?”. “No,” sacudió ella la cabeza. No entendía nada esa mujer. Los grandes no entendían que las cosas podían traicionarlos e iban tan campantes por la vida con la convicción de que eran ellos quienes dominaban a los objetos y no a la inversa. Dueños de una seguridad envidiable, apretaban botones, marcaban números, abrían y cerraban armarios, sacaban y metían billetes de carteras y cajones, apoyaban los pies en el suelo, aun con zapatos de taco, con la certeza de un piso y una ley de gravedad inalterables. ¿Cómo hacían? ¿Quién podía asegurarles que las sillas y las tazas y la tele, la aspiradora, el teléfono o los coches no estuvieran conspirando contra ellos?

  Vio alejarse a la vecina por el hall hacia el ascensor, apretar el botón y esperar unos minutos que bajara. La oyó golpear la puerta con la palma abierta primero, con los puños después, y gritar “¡ascensor!” cada vez más fuerte en vano. Nunca llegó a la planta baja el ascensor y la mujer tuvo que subir los diez pisos por la escalera con las bolsas del supermercado. A la nena no la asombró en lo más mínimo. Al contrario, le pareció una prueba más que irrebatible de la lección aprendida esa mañana: cuando menos nos lo esperamos, los objetos nos traicionan. Y la vecina, que era una vieja de más de treinta años, sin saberlo...


domingo, 28 de julio de 2013

La oreja izquierda

Zé Mourinho da Silva, siete años, se despertó con un zumbido en el oído. Había soñado otra vez con el agua, un agua verde e inmensa que venía de todas partes y avanzaba poderosa por la sabana, trayendo a su paso frescura y plantas y alegría. Sentía todavía en la boca el alivio de la sed y en la piel, una sensación refrescante que lo liberaba, como cada vez que tenía ese sueño. El zumbido, sin embargo, era algo nuevo, como si se le hubiera metido agua por las orejas mientras nadaba por la llanura acuosa.

Se incorporó. A su alrededor halló la misma tierra pelada, blanda y ligera, sobre la que solía dormir solito, junto al cauce seco del gran río por el que apenas corría de tarde en tarde un hilo barroso de color grisáceo que la gente tomaba a falta de otra cosa. La gente: los escasos pobladores que lograban sobrevivir arrancándole a ese suelo despoblado y árido, lo poco que le quedaba, algún yuyo, unas semillas, una galleta de barro. También su madre y sus hermanos andarían por ahí buscando cada uno el sustento para la propia boca.

Según decían, hacía cientos de años, o quizás no tantos, había habido en ese lugar una enorme selva, alimentada por numerosos ríos y arroyos. Pero a él le resultaba difícil creerlo, viendo ese polvo rojizo y liviano que volaba y se metía por todas partes, hasta por las fosas de la nariz y las orejas, ni una mancha verde alrededor, ni una sombra, más que la de algunos troncos raídos o de las telas que usaban para cubrirse.

Iba a tener que levantarse si quería buscar algo para desayunar. Con mucho esfuerzo de sus miembros flacos, se puso de pie. El oído izquierdo le seguía zumbando. ¿Quizás un pájaro se le había metido adentro?

Dio dos pasos en dirección a las rocas rojas bajo las cuales solía encontrar insectos. El sol de la mañana proyectaba sombras hacia el oeste. A menudo, a falta de espejo, y hasta de una charca donde verse reflejado, Zé se miraba en la silueta oscura que se extendía delante de él en el suelo. Sobre el tronco menudo se tenía la cabeza, coronada de crines lacias y tiesas de mugre.

Estaba acostumbrado a ver esas aspas sobresaliendo en todas direcciones. Se reconocía en ellas. Pero hoy había algo diferente en su sombra, algo nuevo que ayer no estaba. “¿Qué es esto?” y alzó la mano hacia lo que veía en su oreja izquierda, la misma que seguía zumbando como un abejorro.

Tocó una protuberancia carnosa que salía del hueco y, para su sorpresa, mientras la sostenía entre sus dedos, la cosa empezó a crecer. A medida que se ensanchaba y alargaba en múltiples ramificaciones, el zumbido se hizo más grave hasta convertirse en una O profunda que se instaló en su pecho con decisión de madre. La cosa, mientras tanto, había llegado a la altura de su brazo y Zé vio, con sus propios ojos, que era verde.

¡Una planta! No le sorprendió a Zé que, con el agua que se le había metido en sueños, alguna semilla que estuviera nadando en su interior, hubiera germinado. Consideró con curiosidad la bella planta tropical que, nacida de su oreja, estaba echando ramas, hojas, flores ¡y frutos! Zé estiró la mano derecha hasta la rama más alta, cogió uno y se lo comió.

Luego llamó a sus hermanos y se sentaron todos en círculo para desayunar.


martes, 23 de abril de 2013

Oración del poderoso


Esta es la plegaria que reza cada mañana el poderoso actual al mirarse al espejo.

Yo mío que estás...
(Contando impúdicamente sus inversiones off shore)
En mis cuentas
En mi imagen (mirándose satisfecho)
En mi cuerpo (acariciándose los pectorales)
Promocionado sea mi nombre.
Siga siendo yo dueño
(De todo) (Risa satánica.)
Hágase mi voluntad
Así en la tierra como en el cielo.
La fuente de la eterna juventud
Concédemela solo a mí.
Y perdona mis pecadillos (por su mente pasa uno que otro crimen)
Así como yo perdono a veces la vida de quien se me opone.
Pero no permitas que exima ninguna deuda,
Al contrario, que beba la sangre de mis deudores
Hasta la última gota.
Y no me dejes caer en la compasión
Mas líbrame de toda generosidad o empatía.

Así sea.

jueves, 28 de marzo de 2013

Regresión


Me zambullo en una piscina de agua tibia. Nado en ella horas de horas sin cansarme. Estoy tan bien dentro... Pero el mundo afuera y el tiempo que pasa apremian. No puedo quedar fuera de ellos. Atravieso la garganta de mi madre y vuelo.

sábado, 16 de marzo de 2013

Modelo


embrutece
la falta, embrutece
el exceso, embrutecen
las muchas grasas
y harinas y transgénicos, embrutece
el odio, embrutecen
horas delante de la tele, embrutece
el fútbol, embrutece
la falta de respeto.

un pueblo obeso
de rencores, sumiso
de antiguos miedos, ahíto
de comida barata
y gaseosa
y pan de ayer, aspira
a comer más
a comprar más
mañana, a consumir
como consumen los otros,
los que ocultos en altas torres
sin mojarse
sin hacer colas
ni sufrir
humillación alguna
dirigen
sus destinos
y preservan
para sí
el buen alimento.

viernes, 15 de marzo de 2013

Burbujas


Finalmente creyó comprender algo de todo y quiso compartirlo. Abrió la boca en medio de la gente y de ella salieron las palabras justas para expresar lo que sentía. Los sonidos se elevaron vibrantes por el aire, tocaron paredes y nubes, rebotaron en ellas como un eco, temblaron, giraron sobre sí mismos, se expandieron en ondas y, desde lo alto, empezaron a caer en lenta lluvia hacia donde estaban los otros.

Venían pintados de colores, sutiles algunos, más intensos otros, naranjas, azules, amarillos... Iban cayendo como las flores al comienzo del verano, confiados en una tierra buena que estaba aguardándolos.

Poco antes de llegar a cada uno de los oyentes, sin embargo, se vio que algo les impediría tocarlos. Una fina película transparente en forma de huevo rodeaba a todas y cada una de las personas de modo que quedaban por completo aisladas del entorno. Estas especies de burbujas eran invisibles a simple vista, pero al derramarse sobre ellas la lluvia de palabras, iban coloreándose... Pronto había a su alrededor bolas celestes, naranjas, verdes... en lugar de la gente, que había quedado oculta tras ellas.

Unos segundos duró la visión embelesadora. Enseguida los colores chorrearon por los contornos de los cascarones y encharcaron el suelo alrededor. Nadie se había detenido. Nadie había sentido siquiera su intención de compartir. Cada uno en su burbuja, sordos y ciegos a todo lo que no fuera ellos mismos, los pasantes siguieron su camino. 

martes, 19 de febrero de 2013


Las hijas de Casandra
Canto de luna para sosegar a la Tierra.


Personajes
Las 4 brujas agoreras, cada una de ellas caracterizada por una tonalidad, a saber:
- Amarga, más de 150 años, de color verdoso
- Malva, más de 150 años también, de color violáceo
- Gracia, casi 200 años, de color rojizo
- Amaranta, silueta espectral de color azulado, una mujer enorme, los cabellos enrulados en desorden y una expresión de bondad tranquila en la cara



Escena única

Dentro del cráter del volcán de Onnaloa, alrededor de una mesa esculpida en la porosa roca del lugar justo debajo de la boca abierta al cielo, están sentadas Malva, Gracia y Amarga, tres de las brujas agoreras. Es una larga noche del invierno austral y las tres han venido de remotos puntos de la Tierra a la cita anual inexcusable. Juntas suman casi quinientos años, pero la más vieja es Gracia, y también, como su nombre lo indica, la más –la única- agraciada, lo que en términos relativos solo quiere decir que, de las tres, es la única en cuyos gestos se distingue un levísimo asomo de coquetería, es además la única que se tiñe el pelo, de color rojo lava, y logra tenerse erguida pese a la edad. Malva, en cambio, cubre el esqueleto encorvado y nudoso con una túnica del color de su nombre, tiene gafas redondas y una melena incontrolable de fino alambre de plata. Y Amarga es  toda ella pálida verdosa, lleva las crenchas blanco amarillentas sueltas bajo el sombrero en punta y larguísimas las uñas que prolongan exageradamente los finos dedos de pianista.

Amarga.
(Fruncido el rostro cetrino, apuntando con su largo índice el único asiento de piedra que permanece vacío) Falta Amaranta.
Gracia.
(Sentenciosa)
No vendrá.
Malva.
 ¿Cómo lo sabes?

Gracia.
 (Altiva)
Lo sé.
  Demasiados años hace que Malva y Amarga conocen a Gracia, como para tomarse la molestia de irritarse. La noche es joven, aún les quedan muchas horas por delante. Entonces, armadas de paciencia, cruzan los brazos y esperan. Entretanto, Gracia alza los suyos invocando  a los astros del universo, se concentra largamente sobre la llama de la vela más cercana a ella y se digna por fin poner en escena los acontecimientos que supuestamente van a explicar su afirmación.
Gracia.
 (Dirigiéndoles una mirada dramática que intenta a la vez medir el impacto de sus palabras)
             Vino a verme en sueños...
Malva.
 ¿En sueños? ¿En serio?
Amarga.
 (Con cierta impaciencia, intentando acelerar el relato)
¿Y qué te dijo?
Gracia.
 Que había llegado al fin a la noche de las noches, que había atravesado todas las fronteras y se hallaba ahora en el espacio infinito desde donde no se puede regresar sino en sueños.
Amarga.
 (Encolerizada, lanzando un escupitajo por encima de su hombro)
¡Entonces es verdad que no vendrá!   
Gracia.
 (Enfrentando a Amarga)
Vamos a ver, Amarga. ¿Cuándo te he mentido yo? Si te digo que no viene, es que no viene.
Amarga.
 Mentir mentir, no sé... Pero ocultar información sí que lo has hecho.
Gracia.
 Por tu bien, Amarga, que tú eres como tu nombre y no puedes contra tu hiel cuando te envenena el odio. Sin contar que, si quisieras, podrías muy bien con tus poderes deducir lo que no sabes...
Amarga.
 Por mi bien... ¿qué sabrás tú de mi bien?

Gracia.
 Más que tú, creo.
Malva.
 (Poniéndose de pie y estirando los brazos con las palmas hacia arriba para pedir paz)
A ver, muchachas. Si Amaranta no viene...
Gracia.
 (Concluyendo la frase de Malva)
Es que ya no hay nada que hacer, lo sé.
   La reacción de Amarga es explosiva. Aprieta las mandíbulas con furia, se quita el sombrero y lo tira con fuerza contra la roca, se sube a la mesa, vuelve a coger el sombrero y lo muerde feroz, al tiempo que patea con ambos pies la mesa. Y cuando ya no puede saciar sus iras mordiendo, se mese los cabellos con desesperación y se pone a gritar como una loca.
Amarga.
 Aaaaaaaaaaaaaaaaaah, aaaaay, aaaaaaaaaaaaaah, lo sabía, lo sabía, qué imbéciles, qué idiotas, aaaaaaaaaaaaaaaaaah, los odio, cómo los odio, ya lo había dicho yo, no se podía confiar en esos imbéciles, aaaaaaaaaaaaaaah...
   De sus asientos de piedra, las otras dos observan la pataleta, Malva con compasión, Gracia como se mira a un hijo ajeno que hace una escena, entre superior y paciente. Cuando juzga que la biliosa se ha desahogado lo suficiente, se para, la mira a los ojos con autoridad y ordena:
Gracia.
 Basta. Se acabó. Ahora ven a sentarte y tranquilízate.
  Como por arte de magia, Amarga se calma y obedece.
Malva.
 (Para retomar el hilo de la conversación)
Bueno, ¿y qué soñaste?    
Gracia.
(Adopta un aire reconcentrado y trascendente con la cabeza baja y los dedos estirados clavados en la frente, suspira profundamente y da comienzo al relato.)
Estaba en una tierra extraña, rocosa, sobre la que se depositaban, como guijarros arrastrados por la corriente, casas precarias de lata. Había mucha gente esquelética que corría asustada en todas direcciones. Soplaba un viento inquietante que olía a sal y el cielo tenía un color... (Busca un instante la palabra adecuada) verde amarillento, verdoso, sí, como la piel de Amarga. (Ambas la miran)  De repente el suelo se hundía y por la estrecha lengua de tierra que quedaba, veía venir hacia mí a Amaranta, el rostro encendido por la excitación. Una ola gigantesca se cernía detrás de ella. Antes de que se la tragara, me miraba y me decía: “Es el fin. Diles que no podré acudir a la cita. No tengo miedo. Solo siento mucha pena por toda esta gente.”

Malva.
¿Y entonces?
Gracia.
 Yo intentaba salvarla, le pedía que me diera la mano para tirar de ella y traerla a otra dimensión, pero por mucho que estiraba el brazo, nunca la alcanzaba. El agua la engullía y se la llevaba. Yo lloraba y mis lágrimas alimentaban las corrientes marinas. Desperté en mi isla bañada en llanto y decidí creer que era solo una pesadilla... Hasta ahora, que compruebo que es verdad, que no ha venido a la cita.
  Las tres brujas agoreras se quedan en silencio ensimismadas, pesando el significado de lo acaecido.
Malva.
 ¿Crees que fue sólo su continente que se hundió?
Gracia.
 Cómo saberlo...
Amarga.
 (Conteniendo la rabia en la boca apretada)
Yo, no tengo ninguna confianza en esas bestias... Cuántas veces les dijimos. Cuántas veces fue ella a decirles. Nadie quiso oírla. A nadie le importó. Que siguieran destruyendo las selvas, perforando las rocas, burlándose atrozmente de nuestros augurios... Nadie ha querido oírnos, nunca. Pero ahora que tienen lo que se merecen, en lugar de contentarme con el desprecio, lo que siento es una inmensa pena. Porque este planeta también era nuestro. También eran nuestros los cielos, los paisajes, las aguas turquesas, las montañas nevadas, las playas, los mares, los ríos, las ciudades... ¿Qué derecho tenían de destruirlos?
Malva.
No sabes todavía, no sabemos... si han destruido todo o sólo una parte.
Gracia.
 Todo no. La prueba es que estamos todavía aquí, vivitas y coleando. Al menos esta isla ha sobrevivido...
Malva.
 Y mi tierra estaba bien cuando la dejé.
Amarga.
 No la mía.
Gracia marca una pausa la roja apoyando ambas manos sobre los muslos, el torso hacia delante, los codos hacia afuera, en un gesto de determinación.
Gracia.
 Chicas, amigas del alma, en homenaje a la ausente Amaranta, por nuestro propio bien y para que no nos hunda la melancolía, propongo que demos comienzo a la ceremonia.
Se pone de pie y rota las muñecas hacia fuera incitando a las otras dos a que también se levanten.
Malva lo hace pero Amarga se resiste.

Amarga.
 (Murmurando)
 ¿Para qué? Nada tiene sentido ya.
Gracia.
 (Conminándola)
 ¡Amarga!
Amarga, aunque desganada, obedece.

Gracia.
 Hijas de Casandra, invoquemos a las fuerzas del universo para que enciendan la luz de nuestro entendimiento en estas horas de agonía.
  Las tres mujeres alzan los brazos al cielo, los pies bien plantados en la tierra y las piernas ligeramente separadas, en posición de árboles.
Gracia.
 Astros y estrellas del universo, madre Tierra y hermana Luna, cielos que nos circundan y sobrepasan, infinito espacio azul oscuro, luz del sol, mares eternos, poderoso fuego de las entrañas vertido en volcanes y rocas, humedad de lágrimas y manantiales, blancura de la sal y del desierto, verde de las selvas tropicales, loado sea todo lo que nos preexiste y precede, los reinos mineral, vegetal y animal, de los que los hombres participamos en una ínfima parte y por los que debemos estar supremamente agradecidos. Nosotros en nuestra arrogancia creímos que todo nos era debido y, sobre todo, que podíamos dominar al universo con nuestras pobres leyes humanas... Habrá que regresar a la tierra y al río, volver a ser como árboles, echar raíces para nutrirnos de lo más profundo y echar ramas para tocar lo más alto. A ustedes nos entregamos, poderosas fuerzas, para que nos guíen en estos momentos aciagos.
  A la noche estrellada lanza Gracia un grito agudo, al que las otras dos responden con gritos idénticos. Lenta, decididamente, las tres han empezado a marcar con las plantas de los pies un ritmo monótono y constante que imita los latidos del corazón. Los brazos en alto, se mecen como álamos al viento y sale de sus bocas un canto oscuro como una caverna que se va apoderando de sus gargantas, sus pechos, sus cuerpos todos, hasta entrar en un trance que las corta de sus identidades y las funde en un solo ser que clama con una única voz:
Las tres.
 Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah, Ooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooh,
Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaah,
Aaaaúuuullo de dolooooor, me queeeeeema el aaaaalma, me dueeeeeeeeeele infinitameeeente este fiiiiiin, me nieeeeeeego a aceptaaaaar que tooooodo acaaaabe. ¡Nooooooooooooooooooooooooooooo! Estamos viiiiivas. Aún Amaraaaanta está viiiiiiiiiiiiiiiiva. Míiiirala surgir en los sueeeeños, estamos viiiiiivas, viiiiivo el univeeeeeeeeeerso, viiiiiiiiiiiiiva esta Tieeeeerra... devuéeeeelvenos la fuerza vitaaaaal, el sooooool, la clorofiiiiila, el oxíiiiigeno, el aire que respiraaaaamos, quereeeeemos que la vida siiiiigaaaaa, anhelaaaaaaamos que haya hiiiijos, e hiiiijos de los hiiiijos, e hiiiijos de los hiiiijos de los hiiiijos, hiiiiijos de hoooooombre y de panteeeeera y de elefaaaaaante y de cocodriiiilo, de maripooooosa y de albaaaatros, de murciéeeelago y de abeeeeeja, y brotes, brotes de triiiiigo y de amapooooola, de quiiiiinoa, de caaaardo y de cebaaaaada, de rooooosa y de durazneeeero. Míiiiralos surgir en los sueeeeños. Míiiiralos obedeceeeer a la energíiiiia creadoooora del univeeeeerso.
  Tomadas de las manos, las tres hijas de Casandra entonan su cántico al tiempo que se contorsionan al compás del ritmo cardíaco alrededor de la mesa de piedra. La luna llena ha llegado al cénit e ilumina con luz de plata una plantita que está brotando, ante nuestros ojos, del centro de la mesa. Da una hoja, da dos, da tres. Gracia arranca la primera, se la mete en la boca y la masca. Lo mismo hacen Malva con la segunda y Amarga con la tercera. Mientras ellas mascan, los ojos entornados por la concentración, la planta echa tallo y ramas de las que brotan un montón de hojitas frescas que huelen a salvia de los dioses.
  La primera en alucinar es Malva. Apostrofa a la silla vacía:
Malva.
Amaranta, amiga, dinos, ¿qué te ha pasado? ¿Dónde estás?
Se levanta niebla. A su amparo va a sentarse en el asiento de piedra la silueta espectral de una mujer enorme, los cabellos enrulados en desorden y una expresión de bondad tranquila en la cara. Habla pausadamente.
Amaranta.
Con ustedes, chicas, siempre. Pero a la vez muy lejos. He llegado al espacio intemporal desde donde no se puede regresar sino en sueños. Estoy bien acá, no tengo miedo. Floto en corrientes polifónicas, me dejo llevar por ellas hasta lejanas galaxias y vuelvo entre vientos de voces aquí cerca para no perder de vista la Tierra. Sólo extraño nuestras charlas sabrosas. Ustedes, queridas Casandras, son irreemplazables...
Amarga.
 (Echándose a llorar)
También nosotras te extrañamos, Amaranta...
Amaranta.
 (Estirando la mano hacia la cabeza de la otra en un gesto de consuelo)
No llores por mí, Amarga. No llores... En estos confines donde vivo ahora...
Malva.
 ¿Vives, dices?
Amaranta.
 La muerte es un estado de la vida. No hay una sin la otra.
Gracia.
 (Impacientándose)
En esos confines donde vives...


Amaranta.
... todo es bello, y completo y acabado. Yo no soy más que una presencia que forma parte del todo, y gira y se desplaza al ritmo de las estrellas... Una partícula que obedece a leyes establecidas antes del inicio de los tiempos...
Malva.
 Como nosotras.
Amaranta.
 Como ustedes. Pero con una diferencia: la soledad.
Amarga.
 ¿Se puede estar más solos que los seres humanos sobre la Tierra?
Amaranta.
 Se puede. En la vida la gente se habla, se oye, se toca...
Gracia.
 Se grita, se odia....
Amaranta.
 Cierto, pero también se quiere, se acaricia... aunque más no sea, se mira, está... En el espacio donde transcurro ahora, todo es bello y armonioso, bello como las cumbres escarpadas y las auroras boreales, perfecto como los anillos de Saturno... Pero tan grande como la armonía, es la soledad. Y si ustedes no me invocan, no me convocan, con la palabra o en los sueños, ya no puedo volver... Mientras ustedes vivan y me llamen, yo vendré. Después, seré solo polvo a la deriva en el universo...
  Amaranta cierra los ojos, su silueta se azula, empieza a esfumarse.
Gracia.
(Saltando sobre la mesa, la melena roja al viento)
Espera, no te vayas, vieja bruja.
Amaranta.
 ¿Qué quieres, bermeja? Ni siquiera en mi muerte me dejas en paz.
Gracia.
 Ni siquiera. Tenemos un pacto nosotras.
Amaranta.
 Pregunta...
Gracia.
 Ahora que estás del otro lado, ¿qué ves de la Tierra?


Amaranta.
 Muchos muertos, miles, millones de muertos. Andan flotando como yo en el espacio interestelar. Sus gritos, sus llantos, sus cantos... se funden en la música de las esferas.
Gracia.
¿Hay sobrevivientes?
Amaranta.
 Sí, pero algunos no por mucho tiempo. En el país de Amarga, sin más, todo está por quebrarse.
Malva.
 Mi tierra estaba bien cuando la dejé.
Amaranta.
 Sigue estándolo. Al menos un poco mejor que el resto. Algunas de mis esperanzas las tengo puestas ahí.
Gracia.
 (Señalándose imperativa el centro del pecho la roja, todavía de pie sobre la mesa) 
 ¿Y mi continente?
Amaranta.
 Ya no existe.
Gracia.
 ¿Cómo que ya no existe...? Anoche cuando me fui...
Amaranta.
 De madrugada hubo un terremoto, la tierra se hundió y creció el mar. Los bosques, las catedrales, las torres...
Gracia.
 ¿Las ciudades?
Amaranta.
 Las ciudades, los pueblos y las aldeas, todo está bajo el agua.
Gracia.
 ¿Las montañas?
Amaranta.
 En la cima de los montes más altos se refugiaron los pocos sobrevivientes.


Gracia.
(Agarrándose la cabeza)
Ay ay ay ay ay ay ay.
Amarga y Malva.
(Haciéndole eco)
Ay ay ay ay ay ay ay.
Gracia.
 ¿Y qué voy a hacer? ¿Adónde voy a volver?
Amaranta.
 (Acusándola)
 ¡Bermeja egoísta! Se está acabando el mundo y te preocupas por tu casa.
Amarga.
(Burlona)
Ya la oíste. Sólo te quedan las cumbres de las montañas para construirte una nueva...
Malva.
(Conciliadora)
 Si sigue en pie, pueden venir todas a la mía...
Gracia.
(Apoyando la mano en el hombro de Malva para bajarse de la mesa)
 Gracias, chica. Tú sí que eres buena, no como estas viejas brujas...
Amarga.
 Esta vieja bruja (señalándose a sí misma) se pregunta si no podremos hacer algo, en lugar de estar aquí lamentándonos.
Amaranta.
(Más azul y repentinamente grácil)
 ¡Ya sé! Lo que necesitamos, chicas, es un caldero.
Gracia.
 ¿Un caldero?
Malva.
¿El de cobre que guardamos ahí atrás servirá?
Amarga.
¿Para qué quieres un caldero?

Amaranta.
 Vamos a preparar la poción mágica de nuestras abuelas.
Amarga.
 ¡Estás loca!
Amaranta.
 (A Amarga)
 ¿Y tú, no?
  Mientras tanto, Malva ha ido a buscar el inmenso caldero y lo ha puesto sobre la mesa de piedra.
Malva.
¡Vamos! ¡Manos a la obra, chicas, que no hay tiempo que perder!

  La vaporosa silueta espectral de Amaranta preside la ceremonia. En torno al azul intenso de su figura, el ocre rojizo, el verde amarillento y el marfil violáceo de las tres augures se desplazan en todas direcciones como vuelo de plumas laboriosas.
Amaranta.
 Oh, todopoderosas fuerzas del universo,
los seres humanos en nuestra inmensa arrogancia, nuestro gigantesco antropocentrismo, nuestro asqueroso repugnante ombliguismo,
hemos querido dominarlas con nuestras pobres limitadas herramientas...
Pobres de nosotros, seres insignificantes trepados a zancos para sentirnos dioses,
sin querer comprender que el misterio de la vida es infinitamente mayor que todas nuestras capacidades reunidas...
Pobrecitos, que creímos que con ordenadores, tecnología, probetas y chips, podíamos desafiar a los dioses, penetrar su secreto...
Y pobres imbéciles también los que nos sometimos a un orden recalcitrante que nos opuso unos a otros en nombre de un trapo de colores o de un dios monolítico y cruel...
  Aquí nosotras, las brujas agoreras,
Gracia, roja como el fuego; Amarga, verde como la vegetación que cubre la tierra;
Malva, añil como el aire de la madrugada y yo, Amaranta, azul como el agua del océano,
entregamos a ustedes, omnipotentes energías que rigen el destino de astros y planetas,
esta ofrenda
para restaurar gracias a ella
el orden primordial del universo,
el principio inaugural de la vida
que los hombres quebramos
con nuestro desprecio y egocentrismo.
Hemos puesto sobre la tierra el caldero, yo lo he llenado de agua.
 (A Gracia) Gracia, enciende el fuego.

  La bermeja frota una laja contra la pared de piedra, recoge la chispa en una rama seca y aguarda inmóvil a que la llama prenda. Con ella se acerca al montón de leña que entre las cuatro han juntado y colocado bajo el caldero. Se enciende el fuego, las llamas crecen y mientras esperan que el agua hierva, las cuatro bailan a su alrededor tomadas de las manos.
 
Amaranta.
 Cuando suelte el hervor, Amarga, tú echarás las hojas de salvia, y cuando se eleve el vapor y nos impregne del aroma silvestre, tú recogerás las gotas en los cuencos, Malva.

  Las mujeres cumplen con fervor todos los pasos de la ceremonia y mientras lo hacen, tararean en voz quedita, casi sin darse cuenta, un arrullo, un canto de luna para sosegar a la Tierra. Toda la noche dura la ceremonia. Cuando Malva ha recogido la última gota condensada contra la superficie de vidrio, está empezando a clarear.

Amaranta.
 Amigas, en pocos minutos habrá despuntado el día y tendremos que separarnos, ustedes hasta el año próximo, yo más que probablemente, hasta siempre...
Amarga.
(Protestando, casi echándose a llorar)
 Pero...
Amaranta.
 Ya, ya sé, prometí que vendría si ustedes me convocaban y eso haré. Pero quién sabe en qué estaremos todos, ellos (y en un gesto abarca la humanidad toda) y nosotras, el año que viene. Quién sabe si podrán o querrán convocarme. Quizás estén en tareas más urgentes...
Gracia.
 (Incrédula)
 ¿Más urgentes que ésta...?
Amaranta.
 Esta noche de lo que se trataba era de salvar la esperanza. Al menos, disuadir la angustia que genera la destrucción. Los años venideros, habrá que recrear el mundo...
Estas gotas (Dándole a cada una un cuenco) son rocío de los dioses, continuidad de nuestro rito y de los elementos naturales. Quitan el miedo, liberan los sueños, crean confianza y despiertan lo mejor de cada ser. Llévenlas con ustedes a todas partes. Les descubrirán más usos de los pueden imaginar.

  En ese momento un primer rayo de sol penetra el cráter del volcán e ilumina la mesa de piedra y las figuras demacradas de las cuatro brujas. A diferencia de las otras tres, la luz no se refleja en la piel de Amaranta sino que pasa a través de ella y la va desintegrando. Ante los ojos de sus amigas, la azulada va perdiendo consistencia hasta esfumarse y confundirse con el aire de la mañana.
  Amarga se seca una lágrima, Malva pone el caldero en su lugar, Gracia suspira. Las tres guardan los cuencos bien cerrados en los bolsillos de las túnicas, cruzan los brazos y se dan las manos en un gesto ritual de despedida y, sin una sola palabra más, se separan hasta el invierno siguiente en Onnaloa.