sábado, 13 de junio de 2015

Cultivar el odio



Cultivan el odio como se deja crecer la mala hierba en el fondo del jardín. Por pereza de arrancarla de raíz. Por fascinación ante la belleza de sus flores nacidas como al descuido pero con la constancia vehemente de la vida.

Cultivan el odio como se observa en el microscopio la multiplicación de los diseños romboidales u ovoideos de un espectacular virus azul profundo o rosado capaz de causar la muerte de miles de seres vivos. Con paciencia y admiración ante la síntesis perfecta que logra la naturaleza cuando decide liquidarnos.

Cultivan el odio en algunos gestos cotidianos, o mejor, en reacciones imaginarias ante algunos gestos de sus congéneres que los sacan de quicio.

Cultivan el odio como un inmenso tapiz bordado cuya belleza depende las agujas finas que van hiriendo la tela con asiduidad mortal.

Cultivan el odio como el joyero que con pinzas diminutas engarza diamantes y construye cadenas para orejas y cuellos ajenos.

Cultivan el odio como otros cultivan perlas o tomates o salmones pero, a diferencia de ellos, ponen un empeño y disciplina constantes en la concreción de un producto exquisito, una piedra brillante y fría cuya superficie los separará de todos, un grano concentrado de veneno que, al tragarlo, los matará.


lunes, 8 de junio de 2015

Levitación en el exilio

  
A todos los de la Casa de la Higuera

Véalos cómo levitan
-¿deliran?-
esos intelectuales divinos
queridos.
Rara vez tocan el suelo.
La realidad es ajena.
Se expresa en otro idioma.
La vida es bastante sola.
¿Cómo no entender que elijan
flotar en celestes esferas,
crear con palabras propias
un mundo en subjuntivo
con techo,
según los días,
de estrellas
o nubes belgas
o cielorraso de departamento amigo?
A veces
-solo a veces-
alguno toca el suelo
y con mano de padre baja
desde ahí
a los otros
y les muestra
“Estamos aquí, no allá,
lloremos las ausencias
y riamos esta juntedad loca.
Bebamos a la salud nuestra.”
De risa
se vuelan,
flotan
y recomienzan.


26 de septiembre de 2003


jueves, 2 de abril de 2015

Acuática


El aire se había vuelto agua pero podíamos respirar, no nos ahogábamos. Avanzábamos despacio dando grandes brazadas para empujar el líquido que, al ir hacia atrás formando corrientes, desplazaba a su vez los objetos que flotaban a nuestro alrededor y se alejaban en dirección opuesta a la nuestra. Debíamos retroceder para alcanzarlos.

En un lugar se había formado un remolino en que giraban cientos de libros cuyas páginas se abrían al ritmo del agua, curiosamente sin deshacerse. El papel y la tinta resistían, persistían, aunque a veces se despegaban algunas palabras y se quedaban flotando, como nosotros, perdidas, hasta que alguien las agarraba y se las metía en un bolsillo –algunos iban vestidos- o se las comía.

Yo empujaba sin querer una palabra que iba a dar contra un hombre que estaba haciendo grandes esfuerzos para mantenerse en posición vertical con los pies bien apoyados en el fondo sólido. El hombre perdía el equilibrio pero no se caía. Daba un manotazo airado para atrapar la palabra y se la tragaba. Yo me quedaba mirándolo y una gran bocanada de agua entraba por mi garganta atorándome. Tosía y todos mis líquidos súbitamente en rebelión se escapaban por mis orificios creando a mi alrededor una nube sucia que me ocultaba de los otros al tiempo que denunciaba mi presencia.

Entonces el hombre me aferraba por un brazo, tiraba de mí para sacarme de la nube y me dejaba plantada en medio de una plaza por donde flotaba mucha gente. Yo giraba sobre mí misma, liberada, feliz. Me sentía delfín y seguía avanzando contra la corriente.




domingo, 15 de marzo de 2015

Imagen mía


Antes que la vigilia la diluya, 
detener la imagen de una mujer desnuda, 
de espaldas a quien la sueña 
  [y alumbrada apenas por la luz baja de una casa que ha quedado atrás, 
sumergiéndose en el aire brumoso de una noche de invierno, 
alejándose por un campo nevado hacia un destino invisible.




martes, 10 de marzo de 2015

Metáfora de la lucidez


Estaba en un espacio oscuro y avanzaba a tientas siguiendo los olores. O quizás deba decir que se trataba de uno solo en realidad: un fuerte olor a desinfectante, de ése con que limpiaban la pileta en que enjuagábamos los pinceles, vasos y paletas, después de la clase de dibujo en la escuela. Me encanta ese olor: es una límpida mañana de invierno en Buenos Aires y la témpera va destiñendo hilos de colores sobre la superficie lisa de la gran pileta rectangular al fondo del patio. O es la entrada de servicio del departamento de Nora alguna vez que excepcionalmente pasaba ahí una tarde durante la semana y descubría algo mucho más vital que los aburridos almuerzos del domingo.

Todo eso se hacía presente a mí mientras avanzaba muy despacio, con desconfianza, pero atraída por ese olor que me llevaba literalmente por las narices, tiraba de mí como puede hacerse con un caballo o un burro, lenta pero inexorablemente hacia el corral. -Corral, de encierro. Pero también corral de origen y punto de partida, lugar conocido hecho de aromas familiares, adonde acaba por volverse sin remedio.-  Avanzaba, digo, con ese optimismo propio del hombre moderno que cree que cuanto está adelante es progreso, pero bien pudiera ser que retrocediera, en ese espacio sin límites ni referencias. A decir verdad, solo me dejaba llevar por el olor como por un instinto. El olor era mi hilo de Ariadna.

De repente el sonido se impuso. Un crujido de bisagras –una puerta o una ventana que se abría muy lejos y dejaba entrar una luz tenue que permitía adivinar los contornos de las cosas- y enseguida, el canto de un pájaro, muy cerca, casi al lado mío.

Tuve miedo de aplastarlo con un movimiento brusco. Me detuve. Me acuclillé y moví mis manos alrededor buscándolo. Todo bañaba en una atmósfera grisácea en la que distinguía algunas formas más oscuras que parecían sillones o mesas.


El pájaro volvió a cantar como llamándome. El sonido parecía venir de detrás de un bulto. Quise ir hacia ahí pero tropecé con algo en el suelo y me caí. En ese momento oí un aleteo frenético, el pájaro alzó el vuelo, chocó con un mueble primero, con mi rostro luego y salió volando hacia adelante, hacia lo que yo consideraba adelante desde que se había abierto la puerta. Vi pasar su silueta rauda unos segundos. Después, nada. Silencio. ¿El pájaro había encontrado la salida? Solo sentía los latidos de mi corazón y el fuerte olor a desinfectante que impregnaba el aire. Di unos pasos en la misma dirección por donde se había ido el pájaro. Alguien, lejos, cerró la puerta de un golpe y volví a quedar inmersa en la oscuridad.


domingo, 8 de marzo de 2015

Foto


Inspirada en una foto de Jonathan Eden-Drummond

Aúllan las ventanas.
Oigo gritar los vidrios al desprenderse de los marcos y caer con estrépito en una lluvia aguda.
El rosado, sin embargo, invita al sueño y la nostalgia.
Todas esas grietas
como ondas
dibujando en las paredes el trazo de unas vidas pegadas a ellas por costumbre,
encariñadas tal vez también
-las vidas-
a las fisuras que crecen debajo de las ventanas
y un poco encima.
Los gritos de los que ahí viven
son azul profundo,
embebidos de las ráfagas saladas que trae el mar:
azules de tan negros,
azules de miedo
y bellos como solo el azul puede serlo.
Pero vuelvo al rosa.
Viejo como las sábanas de antes.
Memoria de todos los cuerpos que entre ellas durmieron
o del interior de los armarios
que las guardaron plegadas y olorosas a alcanfor.

Las manos que tocan. Las bocas que gritan.
¿Ventanas-bocas? ¿Paredes-manos? ¿O brazos? ¿O piernas?
Si las doblega el viento hasta gastarlas
y el dolor hace gritar a las ventanas,
o si navegan las vidas en las grietas
y se caen de lo alto hacia la playa,
¿dónde las arrastra luego el mar?
Chillidos agudos, viejas sábanas,
¿adónde van?



sábado, 7 de marzo de 2015

Representación


Nos vi. Estábamos las tres, una detrás de la otra, en fila pero dispuestas como si posáramos para un cuadro o una foto de arte. Adelante estaba Rafaela, de medio perfil, el pelo blanco recogido en una trenza haciendo juego con un pulóver del mismo color. Detrás, pero más hacia la izquierda, estaba Victoria, canosa como Rafaela pero de pelo corto, gris claro, contrastando con el tejido gris oscuro cruzado sobre el pecho que llevaba ese día. Y la que estaba atrás de todo era yo, mi pelo largo y sombrío cayendo sobre el jersey naranja.


Quedábamos bien así las tres. Quien nos viera de fuera podría imaginarnos amigas. Tenemos aproximadamente la misma edad y el pelo canoso, que ostentamos sin teñirlo con cierto orgullo, parece darnos una marca de fábrica, un estilo en común. Que no lo seamos –amigas, quiero decir- es una circunstancia sin importancia para el artista que pinta o saca la foto. De cualquier modo, cuando hayamos muerto, cuando pase el tiempo y nuestros cuerpos sean polvo en el polvo, la imagen que perdurará de nosotras será ese cuadro y quien lo mire jugará a adivinar las relaciones entre los personajes rojigrises frente al espejo o se detendrá en detalles que yo ni siquiera he visto. Verá quizá más los tomos de la biblioteca en el fondo que los rostros serios, levemente enigmáticos, de las tres cincuentonas que vivieron a principios del siglo XXI en Europa y que quién sabe por qué el artista se ha empeñado en representar. O tal vez sí se preguntará por las vidas de esas tres mujeres y qué hacían en ese espacio amplio, juntas pero sin mirarse unas a otras, estáticas, concentradas en mirar hacia adelante, hacia su propia imagen reflejada, o acaso mirando al espectador futuro del cuadro que buscará en vano en cada trazo de color sobre el iris o en el pozo sin fondo de las pupilas, el enigma por el cual esas tres mujeres, y no otras, le dicen a él hoy cómo era vivir en aquel tiempo en ese continente desaparecido.