viernes, 27 de mayo de 2016

Una oscuridad densa que no penetran ni las estrellas


Sobre la llanura se posa una oscuridad densa que no penetran ni las estrellas ni los focos de luz en la distancia. Es noche cerrada. Entre el cielo y la tierra flota una nube espesa como un brebaje, una cocción de gases agrios cuyas corrientes lentas se desplazan con un rumor ronco de ira contenida o chirrían a veces como goznes secos, de un chillido que taladra los oídos.

De una vivienda lejana sale, pero no la vemos aún, una niña. Quién sabe por qué sale. No hay quien la cuide entre las paredes toscas. Lleva en la mano una varita. Anda en puntas de pie.

Apenas distinguimos su silueta viniendo desde el fondo. Una mancha tenue su vestido claro. Por detrás de los rugidos de la oscuridad compacta, titila su voz con palpitación de nido. Habla sola. Se va contando una historia mientras a tientas va buscando un camino. Sus pies a veces dan saltos. Otras se paran en medio de la nada tratando de sentir por dónde ir. De vez en cuando estira el brazo y la varita, y con temor sacro toca la negrura sin atreverse a mirarla de frente. Sigue andando.


Hasta que llega al punto más negro de la espesura. Blande la varita hacia la noche y ordena, ‘¡luz!’ Adelante, lejos, sobre el horizonte, se despliega un aura. Amanece.


jueves, 14 de abril de 2016

Un minuto de silencio


Bruselas, miércoles 23 de marzo de 2016

Es la primera vez que sales después de los atentados de ayer. Hay menos gente que de costumbre en la calle y una especie de tensión contenida está presente en la mayoría de los cuerpos.
Con una combinación inhabitual de transportes públicos –el metro y algunas líneas de buses y tranvías no funcionan- llegas apenas un poco tarde a tu primera clase. La oficina está casi vacía. Solo tres personas han venido a trabajar. Con el alumno hablas -es inevitable- de lo que pasó ayer.
Tienes una pausa entre esa clase y la próxima. Sueles ir a un bar que queda enfrente de esa oficina. Pero hoy –ya lo has visto al venir- está cerrado. Así que vas a otro, de una cadena de comida orgánica, que está en una esquina frente a la plaza. Compras un menú y te sientas a una mesa junto a una ventana desde la que ves la moderna mole del Parlamento Europeo.
Estás tomando tu sopa y leyendo un periódico cuando a las doce en punto uno de los camareros –joven, negro- pide muy cortésmente en francés que observemos un minuto de silencio por lo sucedido ayer.
Una pareja que está a dos mesas de distancia de donde te encuentras, no se ha dado por enterada y sigue hablando como si nada durante casi toda la duración del minuto. Hablan en inglés. Intentas indicarles por señas que se callen. La mujer, que está frente a ti, te ve pero parece no entender.
Hasta que, de atrás, surge un vozarrón indignado ‘Would you please shut up?’ pero aun así demoran en comprender de qué se trata.
El minuto, que solo ha sido a medias de silencio, concluye con un breve agradecimiento de otro camarero.
Al rato se elevan otra vez voces detrás de ti. No sabes cómo ha comenzado el altercado pero el mismo hombre del vozarrón está reprochándole su falta de respeto a otro hombre que estaba probablemente sentado más atrás y está ahora delante de su mesa con la chaqueta puesta, para irse. El del vozarrón clama que no es divertido. El otro, en voz no tan alta, dice que no piensa que lo sea. Luego baja las escaleras y se va. Sigue un intercambio de opiniones entre el del vozarrón, que –oyes- habla alemán, y una chica sentada en la mesa vecina.
Tú sientes que a ti te molestaba más la pareja sentada adelante que en ningún momento se ha dado por enterada. El alemán le dijo al que se fue que debería disculparse. El hombre y la mujer de adelante ni siquiera se han dado cuenta de lo que pasaba a su alrededor. Y no porque estuvieran enamorados. Nada de eso. Si hubieran estado susurrándose palabras de amor, si hubieran estado metidos en esa burbuja en la que suelen vivir los enamorados, sientes que los habrías perdonado. Pero probablemente no eran siquiera una pareja en el sentido estricto del término. Solo un hombre y una mujer hablando de cosas serias, en inglés, como corresponde, en el inglés neutro y sin gracia que ha llegado a ser el idioma oficial de instituciones y lobistas, y habituados a que todo lo que sucede a su alrededor, más aún si es en otra lengua, no les incumbe. Por eso no oyeron al joven de buenos modales pidiendo silencio. Porque todo lo que no sea ellos y sus asuntos y negocios, les es indiferente.

Moraleja

Veinte días después

Este tipo de indiferencia se ha extendido como reguero de pólvora. Usar los sentidos ha pasado de moda. Nadie ve, oye, toca, huele o siente lo que está delante de sus narices. Excepto si tiene el formato rectangular de las computadoras, los móviles o los billetes.
Así las cosas, ¿te extraña que tantos no hayan visto ni la desigualdad ni la pobreza creciendo como hongos a su alrededor, ni el extremismo radical alimentándose de ellas como vampiros?

En la fuga hacia realidades virtuales –no nacidas de la propia imaginación sino impuestas por otros- estamos llegando al punto de no retorno. De ahí en más, los seres dejarán de ser humanos para convertirse en psicópatas, autómatas, ciborgs y robots. 


miércoles, 13 de abril de 2016

Poema


una figura vertical
de cara al cielo
plantada
para que de la tierra suba
por piernas, sexo, tripas y garganta
hasta las fauces abiertas
el engendro que anidas
hace tanto tiempo
y se atora en una náusea
súbita, tremenda
antes de alzarse feroz
sobre tu cabeza
para gritarle a la noche

inmensa


lunes, 4 de abril de 2016

Amigas


Erda era un elefante.
Hacía años que la conocía, que se veían con regularidad y hablaban de todo un poco: intrascendencias de la vida diaria o asuntos más serios. Pero había algo en su andar, en su manera de ser, que le seguía resultando un enigma.
Y ahora, de repente, una sola palabra surgida sin querer de su boca le había dado una clave.
Erda era un elefante. No porque fuera demasiado gorda, que no, sino por el grosor de su piel, por la morosidad de sus desplazamientos, por la falta de expresividad del rostro y la lentitud de sus reacciones. Todo sucedía en ella como si la piel fuera tan gruesa que, extendiéndose más allá de sus contornos, creara volúmenes que la separaban del mundo. Volúmenes que además pesaban y hacían que cada movimiento le costara un gran esfuerzo y concentración, por lo que sus gestos o sus respuestas parecían llegar siempre más tarde de lo esperado.
Uma, en cambio, era un pájaro.
Observada en detalle, su postura parecía predisponerla a remontar vuelo. Los hombros alzados, tensos, para soportar los brazos-alas. El esqueleto fino. La escasez de peso. Y esa forma de caminar tan suya, casi sin tocar el suelo, en puntas de pie.
Cuando venía a ver a Erda a su oficina en un piso altísimo a través de cuyas paredes vidriadas se alcanzaba a ver buena parte de la ciudad, Uma se sentaba de espaldas a ellas y de frente a la silla que ocupaba Erda, en un ritual repetido desde hacía tantos años que ninguna de las dos sabía quién y cómo lo había establecido.
Si había sol, Erda entornaba los párpados e interrumpía la conversación iniciada poco antes para preguntarle a Uma si le molestaba la luz. Pero la verdad es que no era a Uma a quien podía encandilarla, ya que la ventana quedaba detrás de ella, sino a Erda que, pidiéndole disculpas, se levantaba y se dirigía parsimoniosa hacia la pared de enfrente donde, junto a la puerta, había un botón que apretaba para que bajara la persiana.
Si, por el contrario, estaba nublado, como solía ser lo habitual en esa ciudad, la conversación se instalaba y prolongaba sin solución de continuidad en una franja monocorde que avanzaba al ritmo paquidérmico de Erda, salpicada aquí y allá con breves, agudas intervenciones pajariles de Uma, a las que seguían silencios más o menos largos en los que mientras que la elefante meditaba sobre el significado de la frase que había salido veloz y espontánea del pico de la otra, y en cómo convendría responder a ella, la pájara se reprochaba mentalmente por su intrepidez desordenada tan fuera de contexto en su conversación con Erda. 
Una tarde, no mucho después de que Uma se diera cuenta de que Erda era un elefante, pasó algo inesperado. Cuando Uma se sentó en la silla giratoria delante del ventanal, lo hizo con mayor ímpetu que de costumbre y la silla, haciendo por primera vez honor a su nombre, giró.
Uma se encontró de golpe frente al vacío, separada de él apenas por unos pocos centímetros de espesor transparente, y esa  cercanía, más la ausencia aparente de límites, despertaron en ella sus viejas ansias de volar. Sin mirar atrás, abrió los brazos y se tiró, confiada en el poder sustentador del aire. Desde siempre imaginaba este momento: las corrientes aéreas embolsándose en sus alas impulsándola hacia arriba un instante antes de dejarla planear, despacio, sobrevolando calles, plazas, techos, parques, cursos de agua… Pero la fuerza de gravedad parecía estar ganando la partida… Caía, caía, caía…

Hasta que a punto de estrellarse, en un estado de seminconsciencia, contra la tierra, la mujer-pájaro sintió en el vientre el contacto rugoso de un largo miembro retráctil que la levantaba. Como en un lento ascensor veía desfilar los pisos, uno a uno. De las ventanas, personas azoradas, con caras de cuervos o vacas o gacelas, la miraban pasar. Y ella subía, abrazada a la trompa de Erda, que había reaccionado justo a tiempo.




lunes, 28 de marzo de 2016

Adentro y afuera


Adentro hay oscuridad. Afuera hay luz.
No.
Afuera hay confusión. Adentro hay claridad.
No.
Adentro suceden en la penumbra los procesos que mantienen la vida: el corazón que late, los pulmones que respiran, el hígado que limpia, los intestinos que digieren… De vez en cuando les prestamos atención y los sentimos pero nadie los ve.
Afuera, bajo los reflectores de la modernidad, llegamos a convencernos de que la oscuridad no existe.
No. Es lo contrario.
Afuera hay conflictos por doquier. Codicia contra ignorancia. Fanatismo contra egoísmo. Individualismo contra ideología. Tormentos que no cesan. Guerras.
Y adentro es la paz de mi casa, mi puerto.
No.
Adentro son las noches de insomnio, la angustia de las decisiones equivocadas, el miedo.
Afuera son los otros, la gente, el trabajo, la rutina que apacigua con su orden preestablecido.
No.
Afuera es lo desconocido.
Adentro soy yo, que empiezo a conocerme.
No.
Adentro es el abismo insondable de mis circunvalaciones cerebrales.
Afuera es lo de siempre.
No.
Afuera está cambiando.
Adentro está cambiando también.

¿Adónde vas?


lunes, 21 de marzo de 2016

La pena que te estruja el corazón


La pena que te estruja el corazón
es nueva.
Cosida con trapos viejos
-trapitos al sol-
hilvanados como al descuido
con hilo grueso,
retazos de antiguas penas que perdieron vigencia,
pero nueva.
Una nostalgia de la fusión que nunca ha sido
como fondo,
ansias de confluencia con la humanidad
(contigo, con mi madre, para qué engañarnos)
y esas voces todo el tiempo por debajo
y a los lados
aturdiéndome
distrayéndome de lo esencial.
Pena nueva
cólera gigantesca
por las promesas incumplidas
alarido nocturno
de impotencia
ante tanta inhumana estupidez
y un cinismo
que no quiere serlo

todavía.


lunes, 29 de febrero de 2016

Inmersión total (o La inmersidad de los placeres)


Delante de ella está la lisa, apenas turbada por el aire, extensión de agua azul turquesa. Pliega las rodillas, toma impulso y salta. Y en el salto, en el instante que levita por encima de la piscina antes de caer, siente todo el vértigo que el encuentro le suscita.

Se zambulle.

El líquido tibio va en busca de su cuerpo, lo rodea. Se desliza en ligeras corrientes por la superficie en apariencia hermética de su dermis, que en la suavidad del roce se revela porosa abriendo sus microscópicos labios sedientos para dejarse penetrar suave, subrepticiamente.

Embebida, agua en el agua, se deja arrastrar al fondo, envolver en olas, embarcar en movimientos ondulantes, cetáceos, ora lánguidos, ora aguerridos, ora furiosos, de nuevo lánguidos.


Emerge al fin, empapada, radiante, sedosa, y enfrenta al sol.