miércoles, 29 de octubre de 2014

El perfume de la muerte

"En el fondo del abismo
ni una voz para nombrarlo."
A. Yupanqui, Mi alazán


  Como el alazán de Atahualpa, surge, en el fondo del abismo, el perfume de la muerte. Es agrio, ríspido, incómodo, no se presta a la solemnidad que demanda la circunstancia.
  Si la muerte oliera a rosas o jazmines, a lavanda o agua de colonia... Uno podría dejarse llevar por la emoción, una emoción limpia, pulcra, exenta de añadidos desagradables. Sería una tristeza honda como un precipicio y ancha como el océano pero pura, sin la carne en descomposición o los gusanos, sin putrefacción, pena pura, ausencia pura, desaparición sin olor a enfermedad u hospital, sin llagas o infecciones, sin pus ni sangre ni huesos rotos. Una pura lamentación larga y bella como la línea de un canto gregoriano.
  ¿Por qué huele, por qué duele la muerte? ¿Por qué no es indolora e inodora? Desaparecer en un abrir y cerrar de ojos, sin que el aliento y la saliva y las heces alimenten un ciclo natural, sin que se sepa que alguien (uno) se ha ido.
  Pero a veces la muerte huele a tierra fértil, la misma que recibe la semilla. Y el estiércol abona el campo aunque no nos guste.

  El alazán de Atahualpa, desbarrancado en un camino de la sierra, legó su cuerpo de caballo joven, sus carnes musculosas, sus patas fuertes, a un abismo pedregoso y seco, sobre el cual mucho después quizá llovió. Y entonces, años, tal vez décadas o siglos más tarde, surgió, como de la nada, un brote, una semilla que acaso llevaba el potro en sus crines, que cobijada en la tierra echó raíces profundas y creció. Quién sabe cuántos años demoró en ser más alto que el barranco el árbol y que un viajero lo descubriera, un viajero que había escuchado de boca de algún anciano el lamento de Atahualpa y reconocía ahora el lugar de la muerte.

lunes, 2 de junio de 2014

Cuando no estaba mirando

Algo pasó cuando no estaba mirando. ¡Cuánto lamentaría luego esa distracción, pues en algún punto siguió acusándose siempre de que su inmovilismo o su falta de reacción hubieran contribuido a crearlos! Algo que hizo que de las mismas calles de toda la vida –de las bocas del metro, de las puertas de las escuelas, de las escaleras mecánicas de los shoppings, de las oficinas, de los ascensores, de los tranvías, de los aeropuertos- brotaran, como brota el moho en las paredes húmedas o los mosquitos las noches de verano, seres de ojos vacíos, mitad hombre mitad máquina, que miraban a través de los humanos sin verlos, recibían señales del ciberespacio a través de cables conectados a sus orejas y respondían a esos estímulos mediante mensajes en clave transmitidos por los pulgares a tabletas plásticas que a intervalos imprevisibles producían pitidos o timbres metálicos, o se alumbraban como semáforos, todo lo cual generaba en sus rostros breves muecas que indicaban que habían sentido un atisbo de placer o salido al menos un segundo del hastío.

Del pasado vino, como un dardo, una imagen olvidada: una muñeca que, para que hablara, hacía falta tirarle de un cordón que tenía en la espalda. Uno cogía entre el pulgar y el índice el aro blanco que remataba el hilo, lo estiraba y, mientras este iba metiéndose de nuevo dentro de la muñeca, salían de ella tres o cuatro frases con una voz estúpida y metálica. Siempre que jugaba con ella y la sentaba junto con las otras muñecas, como si fueran niñas, el extraño mecanismo que cargaba la desdichada entre pecho y espalda, la llenaba de estupor: era una niña enferma, una discapacitada, y por eso tenía en el cuerpo un aparato que suplía el don de la palabra que en las otras era espontáneo.

A menudo la había compadecido. Era una muñeca más cara que las otras, con una preciosa melena rubia y vestidos hechos a medida. Pero acarreaba en permanencia un peso del que dependía para expresarse. Nunca había logrado entender por qué sus atributos estaban asociados a un privilegio. Siempre los había considerado, cuando menos, una incomodidad.

El sentimiento que emergía, sin embargo, ante estos nuevos seres que parecían salir de todas partes no era del orden de la pena sino de la estupefacción, e incluso del temor. Más que nada, recelaba sus reacciones imprevisibles, desconectadas de las sensaciones. Durante milenios los comportamientos se habían descifrado en función del tacto, el gusto, el olfato, el oído, la vista. Pero los ojos de estos seres pasaban a través de las cosas sin verlas, sus oídos estaban tapados a lo que los rodeaba, lo que comían olía igual que lo que desechaban y apenas si eran capaces de sentir el roce de una mano en la piel. ¿Quiénes eran? ¿De dónde habían venido? ¿Qué había pasado cuando no estaba mirando?

Una puerta automática se abrió en aquel momento expulsando un ejemplar de aspecto joven y atractivo que venía hablando en voz alta con un rectángulo gris acero conectado a sus orejas por un cable. Creyó reconocerlo y alzó una mano a modo de saludo. El individuo avanzaba en su dirección, por lo que supuso que era ella la destinataria de la mirada al frente y la contracción muscular que estiraba los labios hacia arriba en un gesto que podía leerse como una sonrisa. Se detuvo a la espera de que se le acercara para intercambiar unas frases de circunstancia. Unos segundos apenas. Cuando el ser llegó con el brazo extendido al punto donde estaba ella, pensó que la apreciaba más de lo que hubiera creído. Pero cuando el puño indiferente tocó, empujó, penetró su abdomen bajo el esternón, no acertó a retroceder y, pasmada, sintió cómo la mano del desconocido primero, luego su brazo y su cuerpo todo, la atravesaban de lado a lado, de pecho a espalda, desgarrándola, sin siquiera darse cuenta de su presencia. Entonces supo que la era de los humanos había llegado a su fin.


lunes, 14 de abril de 2014

La traición de los objetos

Con una confianza cimentada en experiencias previas, apoyó, como solía, el pie en el paso de la puerta para salir pero, en lugar de afirmarse sobre el escalón levemente inclinado hacia la calle, la suela de un zapato, y luego la otra, resbalaron por la superficie lisa y, al no encontrar las manos nada a lo que sujetarse, cayó hacia atrás. Unos segundos se demoró el silencio tras el golpe seco del culo contra el suelo, un intervalo en que pareció que se levantaría sin más y seguiría andando. Pero justo en el instante en que cabía suponer que el episodio no tendría consecuencias, salió el llanto.

  No era de dolor que lloraba sino de rabia. No era el porrazo lo que le dolía sino el orgullo herido cuando comprendió en un instante que los zapatitos de presilla, compañeros de juegos en la casa o la vereda, y el suelo, que hasta entonces siempre la había sostenido en equilibrio, habían complotado contra ella para hacerla caer. ¿Cómo no lo había visto venir? Los objetos la habían traicionado. Hasta el marco de la puerta se las había ingeniado para no dejarla agarrarse en su caída. Una ira sin nombre se apoderó de su cuerpo y se puso a patear el escalón y la puerta repitiendo “¡malo, malo!”.

  Así la encontró una vecina que venía de la compra. “¿Qué te pasó, nena? ¿Te caíste?”. “No,” sacudió ella la cabeza. No entendía nada esa mujer. Los grandes no entendían que las cosas podían traicionarlos e iban tan campantes por la vida con la convicción de que eran ellos quienes dominaban a los objetos y no a la inversa. Dueños de una seguridad envidiable, apretaban botones, marcaban números, abrían y cerraban armarios, sacaban y metían billetes de carteras y cajones, apoyaban los pies en el suelo, aun con zapatos de taco, con la certeza de un piso y una ley de gravedad inalterables. ¿Cómo hacían? ¿Quién podía asegurarles que las sillas y las tazas y la tele, la aspiradora, el teléfono o los coches no estuvieran conspirando contra ellos?

  Vio alejarse a la vecina por el hall hacia el ascensor, apretar el botón y esperar unos minutos que bajara. La oyó golpear la puerta con la palma abierta primero, con los puños después, y gritar “¡ascensor!” cada vez más fuerte en vano. Nunca llegó a la planta baja el ascensor y la mujer tuvo que subir los diez pisos por la escalera con las bolsas del supermercado. A la nena no la asombró en lo más mínimo. Al contrario, le pareció una prueba más que irrebatible de la lección aprendida esa mañana: cuando menos nos lo esperamos, los objetos nos traicionan. Y la vecina, que era una vieja de más de treinta años, sin saberlo...


domingo, 28 de julio de 2013

La oreja izquierda

Zé Mourinho da Silva, siete años, se despertó con un zumbido en el oído. Había soñado otra vez con el agua, un agua verde e inmensa que venía de todas partes y avanzaba poderosa por la sabana, trayendo a su paso frescura y plantas y alegría. Sentía todavía en la boca el alivio de la sed y en la piel, una sensación refrescante que lo liberaba, como cada vez que tenía ese sueño. El zumbido, sin embargo, era algo nuevo, como si se le hubiera metido agua por las orejas mientras nadaba por la llanura acuosa.

Se incorporó. A su alrededor halló la misma tierra pelada, blanda y ligera, sobre la que solía dormir solito, junto al cauce seco del gran río por el que apenas corría de tarde en tarde un hilo barroso de color grisáceo que la gente tomaba a falta de otra cosa. La gente: los escasos pobladores que lograban sobrevivir arrancándole a ese suelo despoblado y árido, lo poco que le quedaba, algún yuyo, unas semillas, una galleta de barro. También su madre y sus hermanos andarían por ahí buscando cada uno el sustento para la propia boca.

Según decían, hacía cientos de años, o quizás no tantos, había habido en ese lugar una enorme selva, alimentada por numerosos ríos y arroyos. Pero a él le resultaba difícil creerlo, viendo ese polvo rojizo y liviano que volaba y se metía por todas partes, hasta por las fosas de la nariz y las orejas, ni una mancha verde alrededor, ni una sombra, más que la de algunos troncos raídos o de las telas que usaban para cubrirse.

Iba a tener que levantarse si quería buscar algo para desayunar. Con mucho esfuerzo de sus miembros flacos, se puso de pie. El oído izquierdo le seguía zumbando. ¿Quizás un pájaro se le había metido adentro?

Dio dos pasos en dirección a las rocas rojas bajo las cuales solía encontrar insectos. El sol de la mañana proyectaba sombras hacia el oeste. A menudo, a falta de espejo, y hasta de una charca donde verse reflejado, Zé se miraba en la silueta oscura que se extendía delante de él en el suelo. Sobre el tronco menudo se tenía la cabeza, coronada de crines lacias y tiesas de mugre.

Estaba acostumbrado a ver esas aspas sobresaliendo en todas direcciones. Se reconocía en ellas. Pero hoy había algo diferente en su sombra, algo nuevo que ayer no estaba. “¿Qué es esto?” y alzó la mano hacia lo que veía en su oreja izquierda, la misma que seguía zumbando como un abejorro.

Tocó una protuberancia carnosa que salía del hueco y, para su sorpresa, mientras la sostenía entre sus dedos, la cosa empezó a crecer. A medida que se ensanchaba y alargaba en múltiples ramificaciones, el zumbido se hizo más grave hasta convertirse en una O profunda que se instaló en su pecho con decisión de madre. La cosa, mientras tanto, había llegado a la altura de su brazo y Zé vio, con sus propios ojos, que era verde.

¡Una planta! No le sorprendió a Zé que, con el agua que se le había metido en sueños, alguna semilla que estuviera nadando en su interior, hubiera germinado. Consideró con curiosidad la bella planta tropical que, nacida de su oreja, estaba echando ramas, hojas, flores ¡y frutos! Zé estiró la mano derecha hasta la rama más alta, cogió uno y se lo comió.

Luego llamó a sus hermanos y se sentaron todos en círculo para desayunar.


martes, 23 de abril de 2013

Oración del poderoso


Esta es la plegaria que reza cada mañana el poderoso actual al mirarse al espejo.

Yo mío que estás...
(Contando impúdicamente sus inversiones off shore)
En mis cuentas
En mi imagen (mirándose satisfecho)
En mi cuerpo (acariciándose los pectorales)
Promocionado sea mi nombre.
Siga siendo yo dueño
(De todo) (Risa satánica.)
Hágase mi voluntad
Así en la tierra como en el cielo.
La fuente de la eterna juventud
Concédemela solo a mí.
Y perdona mis pecadillos (por su mente pasa uno que otro crimen)
Así como yo perdono a veces la vida de quien se me opone.
Pero no permitas que exima ninguna deuda,
Al contrario, que beba la sangre de mis deudores
Hasta la última gota.
Y no me dejes caer en la compasión
Mas líbrame de toda generosidad o empatía.

Así sea.

jueves, 28 de marzo de 2013

Regresión


Me zambullo en una piscina de agua tibia. Nado en ella horas de horas sin cansarme. Estoy tan bien dentro... Pero el mundo afuera y el tiempo que pasa apremian. No puedo quedar fuera de ellos. Atravieso la garganta de mi madre y vuelo.

sábado, 16 de marzo de 2013

Modelo


embrutece
la falta, embrutece
el exceso, embrutecen
las muchas grasas
y harinas y transgénicos, embrutece
el odio, embrutecen
horas delante de la tele, embrutece
el fútbol, embrutece
la falta de respeto.

un pueblo obeso
de rencores, sumiso
de antiguos miedos, ahíto
de comida barata
y gaseosa
y pan de ayer, aspira
a comer más
a comprar más
mañana, a consumir
como consumen los otros,
los que ocultos en altas torres
sin mojarse
sin hacer colas
ni sufrir
humillación alguna
dirigen
sus destinos
y preservan
para sí
el buen alimento.