jueves, 5 de febrero de 2015

Apuntes sobre el barrio europeo


1.

De la casa a la oficina, ida y vuelta en bicicleta, el funcionario de la Unión acomete el pedaleo con la soberbia de quien se cree fundador de una estirpe elegida para salvar el planeta y apenas si se detiene en las esquinas para dejar pasar a los peatones delsubdesarrollo.



2.

Están tristes porque sienten, sin saberlo, en el pliegue que endurece la comisura de los labios en un gesto de desdén y cuya aparición los asombra al verlo duplicado en un reflejo, sea en una vidriera, sea al lavarse las manos en el baño, o en el vacío que los invade a uno o dos centímetros por debajo de la epidermis siempre que tienen que esperar sin nada a mano que los distraiga de sí mismos, sienten –digo-, sin saberlo, la muerte inminente de la sociedad en que viven.



domingo, 1 de febrero de 2015

Diosa


Detrás de las paredes
más allá de la luna y las estrellas que vibran en el cielo
una vez franqueada la barrera violeta que delimita este mundo del otro
está sentada ella
radiante
con una sonrisa que ilumina el tiempo
y nos llega a veces
sin que lo sepamos
en una luz que de repente nos sorprende
a finales de una larga tarde de verano
sobre una superficie cualquiera
traspasándonos de belleza


viernes, 30 de enero de 2015

Martín Pescador


A mis compañeras del Lenguas



Pasará, pasará, pero el último quedará... Atrapada entre los brazos del puente, desde donde mirará alrededor las baldosas rojas del patio sobre las que corren cientos de pares de pies calzados con zapatos de presilla o mocasines marrones o negros y medias azules hasta la rodilla (si no se han caído en las carreras). Y en un instante, el que hace falta para oír la pregunta que formulen las de los brazos y elegir la respuesta, se detendrán las voces agudas, ensordecedoras, de las chicas que pasan corriendo justo al lado, los gritos de la maestra de cuarto, el chillido de una niña a la que le tiran el pelo, el canto desafinado pero entusiasta de una ronda y lejos, una mezcladora de cemento, las bocinas, un motor que arranca en la calle.

Hasta que diga la respuesta. Entonces, mientras dé la vuelta y vaya, liberada de los brazos, a ponerse en la fila elegida, volverá a sonar sin piedad el bullicio y pasarán las otras, el recreo, el tiempo...


domingo, 25 de enero de 2015

Imágenes


1.

Adorna la cabellera celestial
la cinta de helecho que susurra como la lluvia en las hojas
y se mece
desmelenada, húmeda,
al son de la llovizna.


2.

Asesino suave como la noche
corta de un tajo los cuerpos,
los caminos,
y se desangran las vidas bajo el cuchillo
antes que salga el sol.


3. 

Caudaloso ciclo que recrea la barca de Ulises navegando a Ítaca en lento regreso.


4.

Después de todo, faltaba la luna. La noche oscura hundía en las tinieblas sus raíces profundas y la luz no se hacía. Dormía la tierra aterida, envuelta en chales turbios, y ni salía la luna ni amanecía. Los pocos seres vivos que quedaban, hibernaban en refugios de piedra y arena, quizás destinados a no salir ya más, a vivir enterrados o a morir.
Una faja reticulada ceñía la atmósfera. Debajo de ella, unos gansos flotaban estáticos o acaso emprendían el vuelo.


5.

  Un punto oscuro con patas de mosquita que se agitan para mantenerse a flote en medio de una inmensidad de agua cuyos límites no veo y que me separa de los otros, que no sé dónde están. Más allá de la laguna, me dicta la lógica del cuento. A seco, presupone mi envidia, o tal vez -mosquitas mojadas como yo- en charcos, por definición menos vastos de penas y soledades que mi laguna. 

  Si es laguna, sin embargo, no es salada, no son lágrimas sus fuentes sino aguas subterráneas emergidas a la superficie para dejar mirarse en ellas el sol. 

  Quizá no sea de desesperación que chapaleo, sino de rabia. Por haber caído en medio del lago más grande. Quizá no de rabia, sino de furia de vivir. De seguir viviendo para sentir el sol en la piel y la liviandad de mi cuerpo dejándose sostener por el agua. 


jueves, 18 de diciembre de 2014

Fragilidad primera


Un pensamiento apenas, que aparece y desaparece al ritmo de los otros, los que están afuera. Adentro, protegida bajo varias capas de tejidos rojizos, violáceos, amarillentos, nadie sabe que estás excepto la mujer en cuyo cuerpo creces. Pero su vientre se contrae de temor y te ruega que no te muevas, que te quedes quieta, como si no existieras, para que los otros, los que se desplazan de forma independiente por el espacio exterior, no se den cuenta de tu presencia. ¿Cómo no ceder a la solicitud amorosa y cálida de quien te lleva? Te esfuerzas, te concentras en ordenar a tus células que no sigan reproduciéndose, que se detengan en su multiplicación demente, extraordinaria, que se paralicen y sequen para evitar lo que tanto teme tu madre: que ocupes un lugar y su vientre se hinche de ti hasta reventar, y nazcas a la vida ajena. Quédate quieta –te dices- desaparece, esfúmate, regresa a la primera célula sin nombre. Sé huevo minúsculo, indiferenciado, para que a nadie hiera tu aparición.

Esperas que, si te concentras, si dominas tus pensamientos, ellos sabrán parar el proceso y, en lugar de nacer, te derramarás en líquido o serás aire. Pero es no contar con la terquedad de la vida que, indiferente a tu voluntad de discreción, sigue ahí, precipitándose en energía, derrochándose en carne y vasos sanguíneos, que brotan como enredaderas tropicales, sordas a tus gritos de ¡alto!

Cuando se cumplan nueve meses y, al término del gestar, nazcas, llevarás impreso en la primera célula de tu cuerpo el pensamiento que te habita:
Que nadie te vea
Que se vuelvan transparentes tus tejidos y tus huesos
Que no seas más que un puñado de polvo en el viento, agua en el agua, nada…



lunes, 1 de diciembre de 2014

Poemas de taller



1.

cuerdo como pocos, sin recuerdos
que alimentaran el peso de la barca,
renació en el relente suave del río,
se dejó llevar lejos
hacia la mar rojiza de la tarde
y ya no regresó.


2.

renacuajo rojo,
reflejo visceral, rotundo,
arrimado a la madre
rota.


3.

hilo helado, canto
recogido en una grieta,
baja
entre hojas oscuras,
chasquido transparente,
el agua.



miércoles, 29 de octubre de 2014

El perfume de la muerte

"En el fondo del abismo
ni una voz para nombrarlo."
A. Yupanqui, Mi alazán


  Como el alazán de Atahualpa, surge, en el fondo del abismo, el perfume de la muerte. Es agrio, ríspido, incómodo, no se presta a la solemnidad que demanda la circunstancia.
  Si la muerte oliera a rosas o jazmines, a lavanda o agua de colonia... Uno podría dejarse llevar por la emoción, una emoción limpia, pulcra, exenta de añadidos desagradables. Sería una tristeza honda como un precipicio y ancha como el océano pero pura, sin la carne en descomposición o los gusanos, sin putrefacción, pena pura, ausencia pura, desaparición sin olor a enfermedad u hospital, sin llagas o infecciones, sin pus ni sangre ni huesos rotos. Una pura lamentación larga y bella como la línea de un canto gregoriano.
  ¿Por qué huele, por qué duele la muerte? ¿Por qué no es indolora e inodora? Desaparecer en un abrir y cerrar de ojos, sin que el aliento y la saliva y las heces alimenten un ciclo natural, sin que se sepa que alguien (uno) se ha ido.
  Pero a veces la muerte huele a tierra fértil, la misma que recibe la semilla. Y el estiércol abona el campo aunque no nos guste.

  El alazán de Atahualpa, desbarrancado en un camino de la sierra, legó su cuerpo de caballo joven, sus carnes musculosas, sus patas fuertes, a un abismo pedregoso y seco, sobre el cual mucho después quizá llovió. Y entonces, años, tal vez décadas o siglos más tarde, surgió, como de la nada, un brote, una semilla que acaso llevaba el potro en sus crines, que cobijada en la tierra echó raíces profundas y creció. Quién sabe cuántos años demoró en ser más alto que el barranco el árbol y que un viajero lo descubriera, un viajero que había escuchado de boca de algún anciano el lamento de Atahualpa y reconocía ahora el lugar de la muerte.