domingo, 12 de noviembre de 2017

El corazón en México




Mi marido tiene el corazón en México. Una delicada red de venillas cruza el océano y lo une al cuerpo que respira, come y anda en este país también esdrújulo donde vivimos. A lo largo de miles de kilómetros las venillas sutiles se estiran, se sumergen en el agua salada, se alargan tanto que se rompen a veces, luego se trenzan o se anudan, se extienden después por debajo del mar, se tuercen o enrulan y por fin emergen en la costa opuesta.

Convendrá usted que esta situación no es de las más llevaderas. Aparte de los muchos peces que ahí anidan y desovan, y cuyas crías mordisquean las fibrillas rojas con deleite; aparte de los cardúmenes que se enredan entre los hilos o algunos pulpos que ejercitan sus tentáculos entretejiéndolos con las venas, esto le trae no pocos inconvenientes. No sólo a mi marido, sino también al corazón.

Imagínese lo que es vivir día tras día, año tras año, el cuerpo aquí, bajo estas nubes bajas, y el corazón allá, palpitando en esa inmensidad azul, bebiéndose la luz meridiana. Un ritmo de corceles al galope, una fiesta de colores intensos, un puro grito de júbilo, que con el agua y la distancia van apagándose y, después de tanto andar, al llegar al pecho, no es más que un eco de la poderosa fuerza que fue en su origen. Si usted pudiera, como yo, pegar la oreja a su pecho mientras fuma en la oscuridad del balcón y su mirada se pierde más allá de los edificios de enfrente o la bruma que borronea las estrellas, comprobaría lo quedos que suenan sus latidos.

Y qué decirle del corazón allá solo, levitando sobre las azoteas, embriagado de sol, su roja carne dele palpitar en medio de balcones florecidos, pero sin costillar que lo acoja ni tronco al que asirse. Fragilidad expuesta a la primera flecha que quisiera atravesarlo.

Algunas noches, cuando mi marido duerme a mi lado, me meto en sus sueños y veo cómo remonta, a brazada limpia y vuelo, el fino entramado de venas y arterias precisa y salvajemente, hasta llegar al corazón sangrante. Lo toma con sus dos manos, se lo pone en el costado izquierdo del pecho y sale a dar una vuelta por esas calles, entero. 


domingo, 17 de septiembre de 2017

Talk to Lisa




A Leti le gustaba bailar sola. Mientras se vestía por las mañanas antes de ir a trabajar o se calentaba el café en el microondas, mientras estiraba las sábanas o acomodaba los almohadones del sofá, mientras ordenaba todo lo que a su gusto tendía a desordenarse demasiado rápido, daba pasos de baile al ritmo de una música que siempre estaba sonando en su interior.

Aquella mañana despertó pensando en Lisa. ¿Había soñado tal vez con ella? Soñolienta se arrastró hacia el comedor tratando de recordar cuándo había sido la última vez que se habían visto. Sacó una taza del armario y se disponía a preparar unas tostadas cuando vio que la pecera estaba tan turbia que apenas podía distinguir a los diez u once seres que ahí nadaban. Decidió que el cambio de agua no podía esperar más. 

Metió los peces naranjas en la bañera llena y fregó bien las paredes de vidrio que se habían puesto verdosas de algas, al tiempo que meneaba caderas y movía los pies siguiendo una melodía en su interior. Luego dejó el grifo de la cocina abierto para que se fuera llenando la pecera mientras acababa de vestirse. 

Hay que saber que Leti era miope y que, para ponerse la camiseta o el pulóver, debía quitarse los anteojos que agrandaban sus bellos ojos verdes. Así que estaba en el cuarto dando pasos de baile entre la cama y el ropero, las gafas apoyadas probablemente –aunque con Leti este tipo de cosa no podía afirmarse a ciencia cierta- en la mesa de luz, mientras oía cómo el chorro iba llenando con su sonido cada vez más grave la pecera rectangular, cuando de repente sintió un estruendo. Las paredes de vidrio habían cedido a la fuerza del agua que ahora estaba derramándose en cascada de la pileta al suelo de la cocina.

Leti corrió hacia ahí sin las gafas que no pudo encontrar. Atinó a cerrar el grifo y, sin dejar en ningún momento de menearse al compás de su melodía matinal, secó con trapos y toallas la inundación. Cuando acabó, había transcurrido más de media hora. Todavía le faltaba peinarse y pintarse. Fue al baño. ¡Había olvidado los peces! ¿Dónde los pondría mientras tanto? 

Leti no sabe si fue verdad o un espejismo ya que –como dijimos- no veía a dos palmos sin gafas. Pero de lo que sí estaba segura era de haber oído una melodía que no conocía de antes. Al empinarse sobre la bañera vio cómo los pececitos naranjas, en lugar de nadar de un punto a otro sin rumbo aparente como solían hacer, se habían formado, unos mirando al frente y otros de cola, y sacudían sus pequeños cartílagos, avanzando y retrocediendo en una coreografía digna de Broadway, al tiempo que entonaban una canción en inglés que decía: “Talk to Lisa, talk to Lisa.”

Leti pensó que nadie en la oficina le creería pero que sin duda tendría que llamar a Lisa. Ella sí comprendería. 


jueves, 2 de febrero de 2017

Cuento de Navidad



Contó con los dedos, como solía, las letras: n-a-v-i-d-a-d. Siete. Como soldado. O vientre. O temblor. Siempre que la mente quería echarse a volar y antes de que la asaltaran, a fuerza de hambre y cansancio, los buitres asesinos de las preocupaciones por la supervivencia, para no pensar, se ponía a contar. Pasos. Personas con las que se había cruzado. Días, aunque era difícil no perder la cuenta. Cadáveres tirados en las calles. Casas todavía en pie. Y cuando debía andar una gran distancia por parajes desolados, letras, los sonidos que componían una palabra. Empezando por el pulgar, iba apoyando sobre el pantalón los dedos de la mano izquierda, uno por cada letra y así sabía, casi enseguida, si superaba su unidad de medida y en cuánto. Los vocablos con las mismas cantidades de letras construían entre ellos geografías particulares que obedecían a lógicas del todo ajenas a la semántica o la asociación de ideas. Persona, también, paisaje, viernes, pudimos, astutos, árboles, sabemos. Navidad. Quién sabe de dónde había surgido hoy esa palabra. La había oído alguna vez. O quizá la había leído. Sí, ahora se acordaba: en un calendario que colgaba de una pared.
Andaba por una ciudad en ruinas buscando qué comer y dónde dormir cuando vio esos dos muros perpendiculares sujetando lo que quedaba de un techo y se dijo que ahí podría pasar la noche. Se acomodó como pudo en ese rincón, arropado en su vieja manta, sucia pero fiel, y durmió como un rey. O como un oso en invierno. Soñó con una enorme habitación iluminada donde gente que nunca había visto comía, reía y cantaba alrededor de un árbol. Fue solo a la mañana siguiente que descubrió, sobre el empapelado hecho jirones por el derrumbe y las sucesivas manos que lo habían ido arrancando para hacer fuego, el calendario. Una única hoja rectangular indicaba ‘diciembre’ y debajo del nombre de nueve letras, los números del 1 al 31 se ordenaban en siete columnas. Un asterisco junto al 25 remitía, abajo, a Navidad, con mayúscula.
Nunca antes nadie había pronunciado esa palabra en su presencia. La leyó en voz alta. Le gustó ese nombre que reunía una nave, que imaginó azul, esfumándose hacia el horizonte, y una forma del verbo dar. ¿Qué querría decir? Estuvo a punto de arrancar la hoja, plegarla y metérsela en el bolsillo como un trofeo. Se dijo, sin embargo, que sería mejor repetirla varias veces hasta grabar la sucesión de sonidos en su mente y dejarla donde estaba para que cualquier otro pasajero que se alojara en aquel portal se regocijara con el descubrimiento.
Había transcurrido al menos un año desde aquella noche. Mientras iba cruzando el páramo y adivinaba, a lo lejos, el perfil de otra ciudad extinguida, la reaparición de Navidad le alegraba el camino. Se vio a sí mismo en el futuro, en la labor ingente de reconstruir el mundo. Su tarea, se dijo, sería la recopilación, para las generaciones venideras, de todas las palabras que recordara o le hubieran transmitido. Para que no se olvidaran y pudiera dárseles buen uso, habría que definirlas. De Navidad diría: acontecimiento que en épocas lejanas sucedía un día 25 (de diciembre y quizás de otros meses también, aunque no está comprobado) y está ligado a fuerzas extraordinarias. Se dice que, cuando por esas fechas te acuestas a dormir en un portal, sueñas con un mundo desconocido de luz, como si una nave te llevara a un horizonte de dicha.