viernes, 30 de enero de 2015

Martín Pescador


A mis compañeras del Lenguas



Pasará, pasará, pero el último quedará... Atrapada entre los brazos del puente, desde donde mirará alrededor las baldosas rojas del patio sobre las que corren cientos de pares de pies calzados con zapatos de presilla o mocasines marrones o negros y medias azules hasta la rodilla (si no se han caído en las carreras). Y en un instante, el que hace falta para oír la pregunta que formulen las de los brazos y elegir la respuesta, se detendrán las voces agudas, ensordecedoras, de las chicas que pasan corriendo justo al lado, los gritos de la maestra de cuarto, el chillido de una niña a la que le tiran el pelo, el canto desafinado pero entusiasta de una ronda y lejos, una mezcladora de cemento, las bocinas, un motor que arranca en la calle.

Hasta que diga la respuesta. Entonces, cuando liberada de los brazos vaya a ponerse en la fila elegida, volverá a sonar sin piedad el bullicio y pasarán las otras, el recreo, el tiempo...


domingo, 25 de enero de 2015

Imágenes


1.

Adorna la cabellera celestial
la cinta de helecho que susurra como la lluvia en las hojas
y se mece
desmelenada, húmeda,
al son de la llovizna.


2.

Asesino suave como la noche
corta de un tajo los cuerpos,
los caminos,
y se desangran las vidas bajo el cuchillo
antes que salga el sol.


3. 

Caudaloso ciclo que recrea la barca de Ulises navegando a Ítaca en lento regreso.


4.

Después de todo, faltaba la luna. La noche oscura hundía en las tinieblas sus raíces profundas y la luz no se hacía. Dormía la tierra aterida, envuelta en chales turbios, y ni salía la luna ni amanecía. Los pocos seres vivos que quedaban, hibernaban en refugios de piedra y arena, quizás destinados a no salir ya más, a vivir enterrados o a morir.
Una faja reticulada ceñía la atmósfera. Debajo de ella, unos gansos flotaban estáticos o acaso emprendían el vuelo.


5.

  Un punto oscuro con patas de mosquita que se agitan para mantenerse a flote en medio de una inmensidad de agua cuyos límites no veo y que me separa de los otros, que no sé dónde están. Más allá de la laguna, me dicta la lógica del cuento. A seco, presupone mi envidia, o tal vez -mosquitas mojadas como yo- en charcos, por definición menos vastos de penas y soledades que mi laguna. 

  Si es laguna, sin embargo, no es salada, no son lágrimas sus fuentes sino aguas subterráneas emergidas a la superficie para dejar mirarse en ellas el sol. 

  Quizá no sea de desesperación que chapaleo, sino de rabia. Por haber caído en medio del lago más grande. Quizá no de rabia, sino de furia de vivir. De seguir viviendo para sentir el sol en la piel y la liviandad de mi cuerpo dejándose sostener por el agua. 


jueves, 18 de diciembre de 2014

Fragilidad primera


Un pensamiento apenas, que aparece y desaparece al ritmo de los otros, los que están afuera. Adentro, protegida bajo varias capas de tejidos rojizos, violáceos, amarillentos, nadie sabe que estás excepto la mujer en cuyo cuerpo creces. Pero su vientre se contrae de temor y te ruega que no te muevas, que te quedes quieta, como si no existieras, para que los otros, los que se desplazan de forma independiente por el espacio exterior, no se den cuenta de tu presencia. ¿Cómo no ceder a la solicitud amorosa y cálida de quien te lleva? Te esfuerzas, te concentras en ordenar a tus células que no sigan reproduciéndose, que se detengan en su multiplicación demente, extraordinaria, que se paralicen y sequen para evitar lo que tanto teme tu madre: que ocupes un lugar y su vientre se hinche de ti hasta reventar, y nazcas a la vida ajena. Quédate quieta –te dices- desaparece, esfúmate, regresa a la primera célula sin nombre. Sé huevo minúsculo, indiferenciado, para que a nadie hiera tu aparición.

Esperas que, si te concentras, si dominas tus pensamientos, ellos sabrán parar el proceso y, en lugar de nacer, te derramarás en líquido o serás aire. Pero es no contar con la terquedad de la vida que, indiferente a tu voluntad de discreción, sigue ahí, precipitándose en energía, derrochándose en carne y vasos sanguíneos, que brotan como enredaderas tropicales, sordas a tus gritos de ¡alto!

Cuando se cumplan nueve meses y, al término del gestar, nazcas, llevarás impreso en la primera célula de tu cuerpo el pensamiento que te habita:
Que nadie te vea
Que se vuelvan transparentes tus tejidos y tus huesos
Que no seas más que un puñado de polvo en el viento, agua en el agua, nada…



lunes, 1 de diciembre de 2014

Poemas de taller



1.

cuerdo como pocos, sin recuerdos
que alimentaran el peso de la barca,
renació en el relente suave del río,
se dejó llevar lejos
hacia la mar rojiza de la tarde
y ya no regresó.


2.

renacuajo rojo,
reflejo visceral, rotundo,
arrimado a la madre
rota.


3.

hilo helado, canto
recogido en una grieta,
baja
entre hojas oscuras,
chasquido transparente,
el agua.



miércoles, 29 de octubre de 2014

El perfume de la muerte

"En el fondo del abismo
ni una voz para nombrarlo."
A. Yupanqui, Mi alazán


  Como el alazán de Atahualpa, surge, en el fondo del abismo, el perfume de la muerte. Es agrio, ríspido, incómodo, no se presta a la solemnidad que demanda la circunstancia.
  Si la muerte oliera a rosas o jazmines, a lavanda o agua de colonia... Uno podría dejarse llevar por la emoción, una emoción limpia, pulcra, exenta de añadidos desagradables. Sería una tristeza honda como un precipicio y ancha como el océano pero pura, sin la carne en descomposición o los gusanos, sin putrefacción, pena pura, ausencia pura, desaparición sin olor a enfermedad u hospital, sin llagas o infecciones, sin pus ni sangre ni huesos rotos. Una pura lamentación larga y bella como la línea de un canto gregoriano.
  ¿Por qué huele, por qué duele la muerte? ¿Por qué no es indolora e inodora? Desaparecer en un abrir y cerrar de ojos, sin que el aliento y la saliva y las heces alimenten un ciclo natural, sin que se sepa que alguien (uno) se ha ido.
  Pero a veces la muerte huele a tierra fértil, la misma que recibe la semilla. Y el estiércol abona el campo aunque no nos guste.

  El alazán de Atahualpa, desbarrancado en un camino de la sierra, legó su cuerpo de caballo joven, sus carnes musculosas, sus patas fuertes, a un abismo pedregoso y seco, sobre el cual mucho después quizá llovió. Y entonces, años, tal vez décadas o siglos más tarde, surgió, como de la nada, un brote, una semilla que acaso llevaba el potro en sus crines, que cobijada en la tierra echó raíces profundas y creció. Quién sabe cuántos años demoró en ser más alto que el barranco el árbol y que un viajero lo descubriera, un viajero que había escuchado de boca de algún anciano el lamento de Atahualpa y reconocía ahora el lugar de la muerte.



lunes, 2 de junio de 2014

Cuando no estaba mirando


Algo pasó cuando no estaba mirando. ¡Cuánto lamentaría luego esa distracción, pues en algún punto siguió acusándose siempre de que su inmovilismo o su falta de reacción hubieran contribuido a crearlos! Algo que hizo que de las mismas calles de toda la vida –de las bocas del metro, de las puertas de las escuelas, de las escaleras mecánicas de los shoppings, de las oficinas, de los ascensores, de los tranvías, de los aeropuertos- brotaran, como brota el moho en las paredes húmedas o los mosquitos las noches de verano, seres de ojos vacíos, mitad hombre mitad máquina, que miraban a través de los humanos sin verlos, recibían señales del ciberespacio a través de cables conectados a sus orejas y respondían a esos estímulos mediante mensajes en clave transmitidos por los pulgares a tabletas plásticas que a intervalos imprevisibles producían pitidos o timbres metálicos, o se alumbraban como semáforos, todo lo cual generaba en sus rostros breves muecas que indicaban que habían sentido un atisbo de placer o salido al menos un segundo del hastío.

Del pasado vino, como un dardo, una imagen olvidada: una muñeca que, para que hablara, hacía falta tirarle de un cordón que tenía en la espalda. Uno cogía entre el pulgar y el índice el aro blanco que remataba el hilo, lo estiraba y, mientras este iba metiéndose de nuevo dentro de la muñeca, salían de ella tres o cuatro frases con una voz estúpida y metálica. Siempre que jugaba con ella y la sentaba junto con las otras muñecas, como si fueran niñas, el extraño mecanismo que cargaba la desdichada entre pecho y espalda, la llenaba de estupor: era una niña enferma, una discapacitada, y por eso tenía en el cuerpo un aparato que suplía el don de la palabra que en las otras era espontáneo.

A menudo la había compadecido. Era una muñeca más cara que las otras, con una preciosa melena rubia y vestidos hechos a medida. Pero acarreaba en permanencia un peso del que dependía para expresarse. Nunca había logrado entender por qué sus atributos estaban asociados a un privilegio. Siempre los había considerado, cuando menos, una incomodidad.

El sentimiento que emergía, sin embargo, ante estos nuevos seres que parecían salir de todas partes no era del orden de la pena sino de la estupefacción, e incluso del temor. Más que nada, recelaba sus reacciones imprevisibles, desconectadas de las sensaciones. Durante milenios los comportamientos se habían descifrado en función del tacto, el gusto, el olfato, el oído, la vista. Pero los ojos de estos seres pasaban a través de las cosas sin verlas, sus oídos estaban tapados a lo que los rodeaba, lo que comían olía igual que lo que desechaban y apenas si eran capaces de sentir el roce de una mano en la piel. ¿Quiénes eran? ¿De dónde habían venido? ¿Qué había pasado cuando no estaba mirando?

Una puerta automática se abrió en aquel momento expulsando un ejemplar de aspecto joven y atractivo que venía hablando en voz alta con un rectángulo gris acero conectado a sus orejas por un cable. Creyó reconocerlo y alzó una mano a modo de saludo. El individuo avanzaba en su dirección, por lo que supuso que era ella la destinataria de la mirada al frente y la contracción muscular que estiraba los labios hacia arriba en un gesto que podía leerse como una sonrisa. Se detuvo a la espera de que se le acercara para intercambiar unas frases de circunstancia. Unos segundos apenas. Cuando el ser llegó con el brazo extendido al punto donde estaba ella, pensó que la apreciaba más de lo que hubiera creído. Pero cuando el puño indiferente tocó, empujó, penetró su abdomen bajo el esternón, no acertó a retroceder y, pasmada, sintió cómo la mano del desconocido primero, luego su brazo y su cuerpo todo, la atravesaban de lado a lado, de pecho a espalda, desgarrándola, sin siquiera darse cuenta de su presencia. Entonces supo que la era de los humanos había llegado a su fin.


lunes, 14 de abril de 2014

La traición de los objetos


Con una confianza cimentada en experiencias previas, apoyó, como solía, el pie en el paso de la puerta para salir pero, en lugar de afirmarse sobre el escalón levemente inclinado hacia la calle, la suela de un zapato, y luego la otra, resbalaron por la superficie lisa y, al no encontrar las manos nada a lo que sujetarse, cayó hacia atrás. Unos segundos se demoró el silencio tras el golpe seco del culo contra el suelo, un intervalo en que pareció que se levantaría sin más y seguiría andando. Pero justo en el instante en que cabía suponer que el episodio no tendría consecuencias, salió el llanto.

  No era de dolor que lloraba sino de rabia. No era el porrazo lo que le dolía sino el orgullo herido cuando comprendió en un instante que los zapatitos de presilla, compañeros de juegos en la casa o la vereda, y el suelo, que hasta entonces siempre la había sostenido en equilibrio, habían complotado contra ella para hacerla caer. ¿Cómo no lo había visto venir? Los objetos la habían traicionado. Hasta el marco de la puerta se las había ingeniado para no dejarla agarrarse en su caída. Una ira sin nombre se apoderó de su cuerpo y se puso a patear el escalón y la puerta repitiendo “¡malo, malo!”.

  Así la encontró una vecina que venía de la compra. “¿Qué te pasó, nena? ¿Te caíste?”. “No,” sacudió ella la cabeza. No entendía nada esa mujer. Los grandes no entendían que las cosas podían traicionarlos e iban tan campantes por la vida con la convicción de que eran ellos quienes dominaban a los objetos y no a la inversa. Dueños de una seguridad envidiable, apretaban botones, marcaban números, abrían y cerraban armarios, sacaban y metían billetes de carteras y cajones, apoyaban los pies en el suelo, aun con zapatos de taco, con la certeza de un piso y una ley de gravedad inalterables. ¿Cómo hacían? ¿Quién podía asegurarles que las sillas y las tazas y la tele, la aspiradora, el teléfono o los coches no estuvieran conspirando contra ellos?

  Vio alejarse a la vecina por el hall hacia el ascensor, apretar el botón y esperar unos minutos que bajara. La oyó golpear la puerta con la palma abierta primero, con los puños después, y gritar “¡ascensor!” cada vez más fuerte en vano. Nunca llegó a la planta baja el ascensor y la mujer tuvo que subir los diez pisos por la escalera con las bolsas del supermercado. A la nena no la asombró en lo más mínimo. Al contrario, le pareció una prueba más que irrebatible de la lección aprendida esa mañana: cuando menos nos lo esperamos, los objetos nos traicionan. Y la vecina, que era una vieja de más de treinta años, sin saberlo...