lunes, 25 de enero de 2016

A los hombres


¿Has visto en los bares a esos hombres, acodados o tal vez reclinados en el asiento, una cerveza o un café a medio beber sobre la mesa, la mirada lejos, siguiendo viejas ideas o amores perdidos, cuando de repente pasa una mujer a su lado y una chispa ilumina sus ojos? Tienen una edad indefinida, aunque ninguno menos de cuarenta y algo, y si aún se permitiera fumar en los bares, habría sin duda un cigarrillo apoyado en el cenicero junto al vaso vacío. En los gestos o en el modo de vestir, un toque de melancolía los delata.

Ellos eran los antiguos cazadores, los que iban por la vida con una sed de aventura y un instinto, salvaje y a la vez caballeroso, a enfrentar peligros e intentar resolver entuertos, no siempre con éxito, lo cual no les impedía seducir a las damas que se cruzaban en su camino con una mirada rotunda o ese porte de duro, que dejaba entrever –tanto más si trataba de ocultarla- su naturaleza tierna y algo torpe que siempre nos conmueve a las mujeres.

Si te fijas, en los bares ha aparecido otro tipo de hombres hace un tiempo. Son, en general, más jóvenes. No fuman ni beben. Quizás algunos inhalen o se inyecten en la soledad de sus apartamentos de lujo, aunque quién sabe… El rasgo distintivo, sin embargo, es la mirada que, lejos de vagabundear siguiendo el humo o buscando la belleza en qué posarse, es fría y precisa, acotada al interlocutor o a la Tablet con los que concluyen un trato. Son los winners de una partida que aún se está jugando, los que han apostado por las tecnologías, los lobbys y las finanzas. Si pasa una mujer junto a ellos, no la ven, pues han perdido el deseo de todo aquello que no engendre dinero. Han sustituido la sed de aventura por codicia y los riesgos los corren practicando deportes extremos, en la realidad virtual o en la Bolsa.

Estos dos tipos de hombres, y algunos otros, conviven, se cruzan en las calles y en los bares.

Muchas mujeres prefieren a los winners, un tipo de hombre altamente eficaz y productivo, desprovisto del estorbo de la sensibilidad. Olvidan, al parecer, que es también la madre de todos los placeres.






martes, 8 de diciembre de 2015

Estar (o de la imposibilidad de la ubicuidad)


“No puede ser Miguel porque Miguel se murió,” te dices mientras pasas a través del hueco que dejan, al abrirse, las puertas automáticas del metro. Más allá del individuo que lo suscitó –un hombre que pasaba las barreras en sentido contrario-, te da risa la aparición de ese pensamiento. Pero, en lugar de descartarlo, como a algo sin importancia, te quedas con él. Lo dejas flotando en tu mente hasta que surgen las muchas veces en que ese tipo de pensamiento te sucede. Cosas como “No puede ser Cristina o Flavia o Ale, porque no están en Bruselas”. No están. Tampoco Miguel está. Estar o no estar, esa es la cuestión.

El castellano, junto con el portugués, es una de las únicas lenguas que dice con una sola palabra el hecho de estar presente en un lugar y ocupar un sitio. Estar física, concretamente, a diferencia de ser: identidad, abstracción, ¿esencia?

Prefiero estar a ser, acaso porque “ser” se da por sentado, mientras que “estar” depende de mi cuerpo.  Estar es sentir las plantas de los pies en el suelo o las nalgas en la silla o el aire que respiro. Se puede ser muchas cosas a la vez (ser madre, hija, hermana, esposa, amante, docente, escritora,…) pero no se puede estar en muchas partes al mismo tiempo.

Ubicuidad, don que me gustaría tener. Para estar aquí y allá en este instante. En Buenos Aires y en Bruselas, en una fiesta y en casa, durmiendo en mi cama o bailando contigo.

Pero estar es propio de los cuerpos que no tienen más de tres dimensiones. Estar es humano o animal o vegetal. Los seres vivos están y luego ya no. Ser, en cambio, es mineral, abstracto, estelar, robótico.

Alguien que es amigo pero no está cuando quieres verlo, ¿lo es realmente? Por eso, estar es lo que importa. 


domingo, 6 de diciembre de 2015

“La UE habría dejado las negociaciones del TTIP en manos de Exxon,” según The Guardian


Grita desaforado moviendo los brazos como aspas de molino, sentado en un banco al fondo de la clase. Que son todas mentiras, que no es cierto lo que acaba de decir S., sentada justo delante de él: “No es verdad que el TTIP se negocie en secreto. Nuestros gobiernos no harían eso a sus ciudadanos. La Unión Europea defiende nuestros intereses.”

S. ha dicho que ha leído en The Guardian que, al parecer, la UE ha delegado poderes en Exxon para que la represente en las negociaciones. Lo ha expresado con una preocupación tremenda. Dos o tres estudiantes, y yo misma, al frente de la clase, nos hemos preocupado también: dejar en manos de intereses privados la negociación de un tratado cuyo contenido nadie conoce pero que puede afectar la vida de toda la gente que vive en Europa.

Desde el fondo, T. insiste en que no es verdad que el contenido sea secreto. Interviene A., sentado al lado de S., famoso entre sus compañeros por sus diatribas contra los socialistas: “Mira, a mí nadie puede acusarme de izquierdista…. –todos festejan el comentario con risas- pero lo que ha dicho S. lo dicen todos: nadie conoce el contenido del tratado. ¿Tú lo conoces?”
V., que está sentada a la derecha de S., intenta atemperar las reacciones expresando una confianza desmedida en que todo se va a arreglar. Mientras tanto, T. ha dejado de agitar los brazos como molinos de viento y la discusión se disuelve poco a poco en un malestar que persistirá más allá de la clase.

La situación es la siguiente: Está T., que confía ciegamente en las buenas intenciones de los gobernantes. Hay una inmensa mayoría que no confía pero a quien tampoco le preocupa lo que hagan los gobiernos ya que imagina que de un modo u otro, las cosas seguirán funcionando como hasta ahora. Estamos H., S. y yo, verdaderamente preocupadas por las consecuencias futuras de los acontecimientos actuales. Al menos, puede consolarnos la visión compartida de las cosas… Al salir del aula, apagamos la luz.


domingo, 29 de noviembre de 2015

Soltando el miedo


Escribir es un proceso liberador que se nutre de las tensiones de mi cuerpo, de los muchos nudos que se me hacen y deshacen en el estómago varias veces por día, y va extrayendo de la madeja confusa de emociones, al forzarlas a limitar su caudal hasta convertirse en una línea de palabras medidas, regidas por la coherencia estricta que exige la lengua, un hilo tenue, esto mismo que voy poniendo en el papel y ustedes están leyendo, que, al decirse, alivia. Por eso escribo. Porque hace días que la incertidumbre anuda mis órganos, contrae mis músculos, paraliza mi actuar. La escritura es acción que reinyecta fluidez en el proceso vital, desatando nudos, dejando salir gritos, soltando viejas resistencias. No resistas, te dices. Solo respira...




lunes, 23 de noviembre de 2015

El estado del sitio


La grúa se gira y apunta a nuestra ventana. Estoy tomando el desayuno y ha de ser sin duda la tensión que reina estos días en la ciudad que me suscita proyecciones agresivas en todo. ‘Esa grúa no estaba ayer. El tipo que la maneja es sin duda un terrorista,’ pienso mientras la radio me informa que se prolonga por un día más al menos el estado en que vivimos, que han dado en llamar de sitio, pero que no lo es realmente, y que nos fuerza a quedarnos adentro, con una parte de dicha y pereza –confieso- y otra, de incertidumbre.

El sol entra a raudales por las ventanas, ha derretido la escarcha de la mañana y cada uno de los habitantes de la casa está metido en sus ocupaciones. A Oliver le da risa esta experiencia de pseudo-guerra. Lorenzo quiere hacer como si no existiera e ir a sus actividades como siempre. Ninguno de los dos tiene clase ya que todas las universidades han cerrado sus puertas hoy. También las escuelas en que Jonathan y yo trabajamos, así que no hay razones urgentes para salir. Lorenzo, sin embargo, tiene dos entrevistas para el periódico de la facultad acerca de la conferencia de París sobre el clima y no quiere posponerlas. Hemos acordado que debe llamar primero al centro de crisis para verificar el nivel de riesgo de la zona e ir sólo si no hay peligro.

Dos amigas me envían mensajes de chat: se aburren en sus casas respectivas. Yo he pasado horas en internet, leyendo noticias, viendo videos, queriendo saber qué va a pasar mañana, intentando escribir… Es un extraño estado de ánimo, con un fondo de tormenta que se prepara, una pizca de tedio, una sensación hogareña de protección ante los peligros de afuera sabiendo, sin embargo, que son todas mentiras que me cuento, que es una tregua antes de acontecimientos mayores, de dolor y de muerte, tratando de olvidar que es la estupidez humana que lo ha hecho posible otra vez, por no cuidar la vida, por darles prioridad a los intereses.

Son las 14:30 y ya está bajando el sol. En esta época del año oscurece bien temprano. Podemos interpretar este estado de sitio como un periodo de hibernación en que reponemos fuerzas para hacer frente a lo que sea que nos depare el futuro…




viernes, 20 de noviembre de 2015

Apuntes sobre el barrio europeo II


El fondo de tu pensamiento no se lo dices a nadie. Al salir de clase, te equivocas de calle y enseguida, justo cuando estás pensando en ella, te encuentras con G. Es el destino. Te ha costado reconocerla, ha envejecido desde la última vez que la viste.

Caminan juntas desde la rotonda hasta el edificio donde G. trabaja. Hace varios meses que por esa calle parece que ha pasado la guerra pero hoy, más que nunca. A las grúas, aplanadoras, camiones, desvíos, obreros con casco, vallas, calzada a medio hacer, escombros, y los múltiples peatones y ciclistas que atraviesan indiferentes esa carrera de obstáculos, se suma hoy el miedo. G. dice que es absurdo afirmar –como lo hacen los políticos- que no tenemos miedo, que habría que decir que sí tenemos pero que seguimos adelante. No sé si tiene razón pero me contagia el sentimiento.

Habla de los muchos mails internos que reciben invitando a la vigilancia y a denunciar cualquier comportamiento sospechoso. Habla de la facilidad con que podrían penetrar el edificio con explosivos. Antes o después también habla de su madre, viejita, que se preocupó por ella al oír las noticias. Toda la fragilidad de la vida está presente en ese intercambio.

La supervivencia humana pende de un hilo. De las bombas, de la tecnología que construye estructuras monumentales arrasando con todo lo que crece a sus pies, del miedo de todas las madres por sus hijos, de las nubes bajas sobre Bruselas que anuncian tormenta. La supervivencia de la especie pende de un hilo tenue como la seda del gusano que se extinguirá el próximo verano.

Ese pensamiento te lleva al recuerdo de otra conversación hace tres días. Hablaste con A. en un café, rodeadas de libros y el sonido de múltiples voces, y la música de fondo. A. te cuenta que ahora piensa mucho en la vida después de la muerte. Científicos de distintos países han estudiado y comparado las experiencias de cientos de personas que volvieron de la muerte. Más allá hay un túnel de luz o una vida en más de tres dimensiones donde podremos atravesar muros y ver la cara opuesta de las cosas. Le pediste que te enviara el documental que habla de esto pero aún no has tenido tiempo de mirarlo. Es tan difícil decirle el fondo de tu pensamiento a otra persona. Por eso escribes.


Ahora estás sentada en otro café, cerca de la Plaza de Luxemburgo. Del Parlamento Europeo, enfrente, vienen dos soldados, dos jóvenes no mucho mayores que tus hijos, con uniforme de tela de camuflaje y grandes ametralladoras cruzándoles el pecho. Entran en el mismo bar en el que estás y piden algo de comer y dos cafés. Nadie se asombra al verlos. Ellos pagan y vuelven a su puesto de guardia mientras los demás, adentro, beben, charlan, hablan de negocios, leen las noticias. Se ha largado a llover. Dicen que la temperatura bajará de diez grados de golpe. Tú sigues escribiendo con la esperanza de que el fondo de tu pensamiento lo revele el texto.



sábado, 31 de octubre de 2015

Apuntes sobre el barrio europeo


1.

De la casa a la oficina, ida y vuelta en bicicleta, el funcionario de la Unión acomete el pedaleo con la soberbia de quien se cree fundador de una estirpe elegida para salvar el planeta y apenas si se detiene en las esquinas para dejar pasar a los peatones del subdesarrollo.



2.


Están tristes porque sienten, sin saberlo, en el pliegue que endurece la comisura de los labios en un gesto de desdén y cuya aparición los asombra al verlo duplicado en un reflejo, sea en una vidriera, sea al lavarse las manos en el baño, o en el vacío que los invade a uno o dos centímetros por debajo de la epidermis siempre que tienen que esperar sin nada a mano que los distraiga de sí mismos, sienten –digo-, sin saberlo, la muerte inminente de la sociedad en que viven.